Domingo, 01 de Febrero 2026
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La verdad presidencial: lámpara o humo

Por: Guillermo Dellamary

La verdad presidencial: lámpara o humo

La verdad presidencial: lámpara o humo

Hay una escena antigua y repetida: el rey o presidente se asoma al balcón del poder y habla. Parece solo voz, pero no lo es. Las palabras que salen del poder son palanca: mueven ánimos, mercados, miedos y esperanzas. Por eso la pregunta es incisiva: ¿está obligado a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como un testigo ante un juez?

En un tribunal, la palabra camina con grilletes: se protesta decir verdad y la mentira tiene consecuencias. En la plaza pública, en cambio, la palabra suele ir vestida de bandera, consigna y relato. No comparece ante un juez; comparece ante la emoción colectiva, y la emoción es un océano: puede ser espejo, pero también niebla.

El Estado, por supuesto, no es tierra sin ley. Existe un deber institucional de transparencia: hay derecho ciudadano a la información y obligaciones para documentar, publicar y responder. Pero ese deber tiene ventanas, plazos, clasificaciones y excepciones. Y aquí aparece la grieta por donde se cuela la tentación: lo reservado se vuelve escondite; lo técnico se vuelve coartada; lo “estratégico” se vuelve mordaza. No todo silencio es mentira, pero toda mentira suele maquillarse como “prudencia”.

La psicopolítica lo sabe: gobernar no solo es administrar presupuesto; es administrar percepciones. Y es muchísimo más fácil para un político manipular la realidad que sostener un compromiso con la verdad. La verdad exige hechos, límites, rectificaciones, costos. La manipulación, en cambio, es flexible: selecciona lo que conviene, exagera lo útil, minimiza lo incómodo, niega lo evidente, cambia el tema, fabrica enemigos y, si es necesario, inventa un “éxito” para que la gente duerma tranquila. Es un arte de prestidigitación: no cambia el mundo; cambia el foco de la lámpara.

¿Y qué se paga con eso? Se paga la confianza. La mentira puede comprar un día de aplausos, pero suele hipotecar años de credibilidad. Y cuando la credibilidad muere, todo anuncio suena a propaganda, toda cifra parece maquillaje, toda promesa parece truco. El pueblo se vuelve público: aplaude o abuchea, pero ya no cree; y sin creencia cívica no hay cooperación, solo sospecha.

Y aquí el punto final no es jurídico, sino íntimo: un país también tiene sistema nervioso. Si lo alimentas con verdades, aprende a madurar; si lo adormeces con relatos, se vuelve dependiente del narrador falaz. Al final, el poder pasa, pero las palabras quedan flotando como semillas. Unas germinan en responsabilidad. Otras, en cinismo. Que la voz presidencial no sea humo que ciega e hipnotice, sino lámpara que obliga a mirar a la verdad, aunque a veces incomode, pero finalmente dignifique.

dellamary@gmail.com

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