La Presidenta de México ha insistido, con razón histórica, en el principio de no intervención de Washington en nuestros asuntos internos. México tiene motivos suficientes para desconfiar. La relación con Estados Unidos está atravesada por una larga memoria de presiones, imposiciones, invasiones, despojos territoriales, condicionamientos diplomáticos y económicos. Desde la guerra de 1846-1848 y la pérdida de más de la mitad del territorio, pasando por Veracruz en 1914, la expedición de Pershing en 1916 y numerosas formas posteriores de influencia política, económica y estratégica, nuestra soberanía ha sido una herida recurrente.Pero precisamente por esa historia debemos comprender, con mayor profundidad, qué significa ser soberanos.La soberanía no consiste en que un Gobierno pueda hacer dentro de sus fronteras lo que se le venga en gana. Ser soberano no significa poseer una parcela del planeta en la que quedan suspendidos la justicia, los derechos humanos, la ética o las obligaciones internacionales. Un Estado soberano tiene autoridad sobre su territorio, sí, pero también límites: su Constitución, sus leyes y los tratados que libremente ha firmado.Algo semejante ocurre con la libertad personal. Ser libre no significa poder lastimar al vecino, apropiarse de lo ajeno o violar las reglas comunes. La verdadera libertad supone responsabilidad. De la misma manera, la verdadera soberanía exige autocontrol institucional.Por eso debemos distinguir cuidadosamente entre intervención e inspección, entre dominación extranjera y responsabilidad internacional.Ninguna potencia extranjera debería dictarnos quién debe gobernar México ni decidir unilateralmente nuestro destino. Pero tampoco puede invocarse la soberanía para encubrir corrupción, violencia, violaciones a los derechos humanos, deterioro ambiental, persecuciones o posibles actos delictivos cuando existen acuerdos y mecanismos internacionales aceptados por el propio Estado mexicano.Hay una diferencia enorme entre defender a México de una injerencia indebida y utilizar el nacionalismo como muralla para evitar cualquier escrutinio exterior.Vivimos, además, en un mundo interdependiente. El narcotráfico, la migración, el comercio, el lavado de dinero, las armas, el deterioro ambiental y el crimen organizado atraviesan nuestras fronteras. Pretender que todos ellos son únicamente “asuntos internos” resulta cada vez menos realista.México debe defender su soberanía frente a cualquier intento de sometimiento estadounidense. Nuestra historia nos obliga a hacerlo. Pero esa misma soberanía debe ejercerse respetando cabalmente la Constitución, la dignidad humana y los compromisos internacionales.Ser soberano no es quedar fuera de toda vigilancia. Es gobernarse a sí mismo con tal responsabilidad que ninguna intervención pueda justificarse bajo el pretexto de corregir aquello que nosotros mismos debimos haber corregido a tiempo y sin esquivar la mirada de la justicia internacional, o dejar de considerar los intereses y conveniencias de las otras naciones.