Domingo, 18 de Octubre 2026

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La frontera que está cambiando

Por: Luis Ernesto Salomón

La frontera que está cambiando

La frontera que está cambiando

Las viejas fotografías muestran largas filas de hombres con sombrero, pequeñas maletas y la mirada incierta de quienes están por abandonar su tierra. Suben a los vagones de un ferrocarril que los llevará al Norte, donde los esperan campos de cultivo, jornadas extenuantes y salarios que difícilmente podrían obtener en sus pueblos. Son los braceros mexicanos, protagonistas de uno de los procesos de movilidad humana más intensos del siglo pasado.

Entre 1942 y 1964 se expidieron alrededor de 4.6 millones de contratos de trabajo para mexicanos en Estados Unidos. Aquellas imágenes anunciaban una transformación que terminaría alterando profundamente la vida de dos países.

Desde 1965, se calcula que unos 18 millones de mexicanos emigraron hacia Estados Unidos. Algunos lo hicieron legalmente; muchos otros cruzaron sin documentos y lograron establecerse y formar familias. Sus descendientes contribuyeron a formar una comunidad que hoy reúne cerca de 40 millones de personas de origen mexicano, cuya presencia se extiende por prácticamente toda la geografía estadounidense.

La diáspora llevó consigo una cultura que terminó incorporándose a la vida cotidiana de nuestros vecinos. El español se escuchó en escuelas y fábricas, aparecieron restaurantes y comercios mexicanos y las celebraciones familiares atravesaron la frontera. La emigración dejó de ser solamente el viaje de ida para convertirse en una nueva forma de pertenecer a dos sociedades.

No faltaron las reacciones de rechazo. En 2004, Samuel Huntington publicó ¿Quiénes somos?, obra en la que advertía que la persistencia de la identidad cultural mexicana podía representar una amenaza para la identidad nacional estadounidense. Aquella preocupación reflejaba los temores de una sociedad que comenzaba a reconocerse distinta.

Mi generación ha presenciado esa transformación. Vimos multiplicarse las familias separadas por miles de kilómetros, los abuelos que esperaban el regreso de sus hijos, las remesas que permitían construir una casa y las celebraciones en las que siempre faltaba alguien. También conocimos las historias de quienes huyeron al norte y el lado oscuro de una frontera donde el crimen encontró oportunidades que terminaron incorporándose a los corridos y las películas.

Durante los años noventa y principios de este siglo, la migración mexicana alcanzó una intensidad extraordinaria. En 2007, la población nacida en México y residente en Estados Unidos llegó a aproximadamente 12.6 millones de personas. Después, el fenómeno comenzó a transformarse por la disminución de la natalidad mexicana, los cambios económicos y el endurecimiento de los controles fronterizos.

Esta semana, un anuncio de Washington permite apreciar la magnitud del cambio. Las autoridades estadounidenses informaron que durante el año fiscal concluido en septiembre registraron 98,708 detenciones de la Patrulla Fronteriza en la frontera con México, el nivel más bajo desde 1968.

La administración de Donald Trump presenta esa cifra como resultado de su política restrictiva, aunque también han contribuido las acciones de México y las modificaciones en los procedimientos de asilo. Menos detenciones no significan que hayan desaparecido las necesidades de quienes buscan emigrar ni el drama de las familias separadas.

Sin embargo, revelan una transformación de fondo. La migración, que durante décadas ocupó el centro de las tensiones bilaterales, comienza a compartir ese lugar con otras preocupaciones: la seguridad económica, las cadenas industriales, el crimen transnacional y la competencia entre las grandes potencias.

México también está cambiando. La caída de la natalidad y el envejecimiento de su población anuncian necesidades laborales distintas. El país que durante generaciones envió trabajadores al extranjero podría convertirse, en las próximas décadas, en un destino cada vez más importante para quienes buscan oportunidades.

Mientras tanto, la competencia de Washington con China y la reorganización de las cadenas productivas están dando una dimensión estratégica a Norteamérica. Las negociaciones comerciales, la energía, la tecnología y la cooperación contra el crimen forman parte de una agenda en la que las declaraciones nacionalistas conviven con una interdependencia imposible de ignorar.

Las imágenes de los hombres que subían a los trenes conviven ahora con otras igualmente elocuentes: interminables filas de camiones cargados de mercancías, enormes patios de contenedores y fábricas conectadas a ambos lados de la frontera. Son fotografías de sociedades que han aprendido a producir y vivir entrelazadas.

Persisten los prejuicios, la discriminación y una profunda asimetría de poder. Sería ingenuo ignorarlos. Pero México cuenta ahora con capacidades industriales, económicas y diplomáticas que aquellos trabajadores difícilmente habrían imaginado.

La geografía nos hizo vecinos; la migración nos convirtió también en familias y la economía terminó por entrelazar nuestros destinos. Detrás de los nuevos muros, las amenazas arancelarias y las disputas políticas, la frontera conserva una carga de violencia y resentimiento acumulados, pero también ofrece la posibilidad de convertirse en un puente entre familias, sociedades y economías. A pesar de las tensiones, debemos insistir en ese propósito: que la interdependencia produzca prosperidad y esperanza, en lugar de alimentar la desconfianza y el rencor.

luisernestosalomon@gmail.com

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