Domingo, 30 de Agosto 2026

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Para bien o para mal

Por: Abel Campirano

Para bien o para mal

Para bien o para mal

Cuando recibo la visita de amigos que pasaron su infancia o juventud en nuestra ciudad y por azares del destino, tuvieron que emigrar, infaltable es el comentario sobre los cambios que ha experimentado Guadalajara, unos para bien y otros para mal.

El radicalismo de la frase lo dice todo. Terminaba la década de los sesenta y nos aprestábamos a recibir a las selecciones de futbol de Brasil, Inglaterra, Rumania y Checoslovaquia y a los cientos de aficionados de esos países, pues a México le había correspondido la organización del Mundial de 1970.

Toda la ciudad estaba ocupada en pavimentar calles, hermosear plazas, banquetas, que no hubiera basura, poner guarniciones, señalamientos, pintarla bien, con botes de basura en todas partes, era una novia que recibía orgullosa a quienes deseaban conocerla.

En aquel tiempo, en lo que ahora se llama la Avenida Lázaro Cárdenas, y que le llamábamos Calzada de las Torres, nombre que se le dio porque a lo largo del camellón central estaban las torres de alta tensión que había instalado como parte de su sistema de redes la Comisión Federal de Electricidad, sucedánea de la Compañía Eléctrica Chapala, hasta se alquilaban caballos para disfrutar de una mañana o una tardecita familiar montando caballos y ponis.

En la zona de la Avenida de las Torres, en la confluencia con la Avenida Chapalita, hacia el hoy Mercado de Abastos, un buen tiempo se alquilaban caballos para pasear a lo largo de ese ancho camellón; el paseo era tranquilo, pues no había tránsito vehicular, si acaso los pocos vehículos que se estacionaban para poder llevar a los niños principalmente a dar una vueltecita a lo largo de tres o cuatro supercuadras, hasta donde ahora están los Arcos del Milenio.

El paseo duraba una hora aproximadamente, los precios eran módicos, y muchas familias llevaban a sus niños a montar a caballo y los papás hacían el recorrido a pie o confiaban en los caballerangos que iban jalando con un lazo a los caballos que eran mansitos para que los chiquillos pasaran una mañana o una tarde divertida entre ese bosque de eucaliptos en esa zona de Jardines del Bosque y mientras los niños paseaban, los papás esperaban sentados en pleno campo viendo a los lejos a los chiquillos, respirando aire puro pues por allí no transitaban automóviles. Todo era quietud, parsimonia y disfrute de los olores estimulantes de los eucaliptos.

Ahora es una rúa que cruza de orilla a orilla la ciudad; viene desde la carretera a México, la autopista, para entroncar con la carretera a Nogales y es un eje lleno de pasos a desnivel y que incluye un paso superior, donde se encuentra el puente atirantado, que lleva el nombre del ingeniero Jorge Matute Remus, un profesional en toda la extensión de la palabra, fue quien llevó a cabo en el año de 1950, justo en el mes de octubre, el edificio de la telefónica, sobre la Avenida Juárez; toda una proeza, pues en solo cuatro días recorrió el edificio 12 metros sin que se impidiera el servicio telefónico e incluso con los trabajadores laborando en su interior en compañía de la esposa del ingeniero Matute Remus, quien garantizó con ello el nulo riesgo y el total éxito de su proyecto que ha quedado para la posteridad.

Pues de la Calzada de las Torres y los paseos a caballo en ese tramo no queda nada, es hoy una avenida de mediana velocidad, que, pese a su planeación, tiene constantes embotellamientos y aunque entronca dos vías importantísimas de acceso y salida de la ciudad, no ha resultado tan ágil como se planeó, sobre todo por el impacto que representa el crecimiento desmedido del parque vehicular y la deficiencia del sistema de transporte público.

Para quienes visitan la Perla Tapatía después de muchos años, les causará sorpresa también, no ver el edificio de la antigua Escuela de Música y la de Trabajo Social, que se encontraba en la manzana que ocupan las Avenidas Juárez y Enrique Díaz de León (ésta última poseedora de tres nombres, porque en algunos tramos se llama Tolsa y en otros Avenida Munguía) y ver en su lugar un enorme edificio que ahora se conoce como la torre de la Rectoría de la Universidad de Guadalajara, en lo que se ha considerado por muchos urbanistas como un atentado al patrimonio histórico de la Ciudad.

Lo mismo sucedió con la Plaza de Toros El Progreso, junto al Hospicio y al Mercado de San Juan de Dios, y que cedió su lugar a la Plaza Tapatía; el Templo de la Soledad, que estaba a un lado de la Catedral y también fue demolido para la creación de la Cruz de Plazas, el Palacio Arzobispal que cedió su lugar al Palacio Municipal, el Cine Lux que estaba frente a Catedral y que también se fue para nunca volver y hablando de cines, los visitantes que vuelven al terruño, no verán más al Cine Avenida, el Gran Teatro Alameda ahora convertido en centro comercial, al igual que el Cine Variedades por la Avenida Juárez.

La ciudad va cambiando al paso de los años; su crecimiento vertiginoso y la arquitectura urbana es completamente distinta de aquella ciudad donde vivimos nuestra infancia, me refiero a las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta, pues en los años sesenta, sobre todo con el advenimiento del “Tapatío un millón”, en 1964, el cambio fue más marcado; urbanísticamente hablando empezó el crecimiento vertical con los edificios del Condominio Guadalajara y el Hotel Hilton en la Avenida 16 de Septiembre esquina con Niños Héroes, crecimiento que ha ido proliferando en los cuatro puntos cardinales donde abundan los edificios de oficinas y departamentos y de aquella ciudad plana, donde desde el centro se veía la Barranca, el Cerro del Cuatro, el Cerro del Colli ahora la vista se topa con los altos edificios, y el olor a tierra mojada ahora es un olor a diésel; el andar cansino es ahora un andar vigoroso, los tranvías dejaron su lugar al tren ligero y de los rosales que hicieron que se bautizara a la noble y leal como la Ciudad de las Rosas, allá cuando nos hermanamos con Downey California, solo queda un hermoso recuerdo.

Cada uno tendrá su propia opinión sobre esa evolución del paisaje urbano de la ciudad de Guadalajara, y por lo pronto, esos amigos que vinieron a recorrerla de nuevo la vieron como una ciudad completamente distinta de la que ellos conocieron y se quedaron la idea de su permanencia y se toparon con una ciudad más moderna, pero que dejó muy atrás la descripción de Pepe Guízar, aunque sigue siendo muy bonita, pero como dijeran mis amigos: “nos quedamos con la de antes”. ¿Usted qué opina?

Como lo prometí la semana anterior, ahora cambiaremos un poco el menú, y hoy toca desayunar chilaquiles rojos crujientes con crema, queso y cebollita finamente picada con un poco de frijoles refritos y mi infaltable cafecito.

Les agradezco su lectura y aquí los espero la próxima semana si Dios quiere en EL INFORMADOR. Que tengan feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com

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