El gobierno tapatío tiene un grave problema. Aclaro: no es un problema para la administración; al contrario, para ellos es casi un alivio.El problema es para la ciudad y el debate público, ese arte -cada vez más censurado y ninguneado- de dirimir lo colectivo a través de la reflexión, la crítica y el diálogo. Guadalajara adolece de algo peor que un gobierno sin oposición: un gobierno con una oposición en el descrédito y sin solvencia moral.El contrapeso político es necesario para la democracia. El disenso y la vigilancia crítica hacen mejores gobernantes y forjan cuadros.La estatura política de un gobernante se sopesa mejor frente a una oposición a su altura. Por el contrario, la enanez política al gobernar se disimula mejor ante la pobreza opositora.Recordemos cuando Enrique Alfaro (MC) gobernó Guadalajara y Aristóteles Sandoval (PRI) estuvo al frente del gobierno de Jalisco.El intercambio de posturas críticas obligó a ambos grupos políticos a innovar, acordar, explorar soluciones -e incluso rectificar- para responder a las demandas ciudadanas. El esfuerzo de uno y otro por destacar y acaparar “la nota” generaba acciones y una sana competencia.Los esfuerzos en seguridad, las acciones para resolver las inundaciones, la recuperación de espacios públicos como Colomos III, todo fue producto de esa disputa provechosa. Claro, mucho quedó sólo en buenas intenciones. Pero había un deseo de transformar. La figura opositora más visible en Guadalajara es el regidor morenista Chema Martínez. La falta de credibilidad del impresentable ex panista lo hace irrelevante en el debate público.Cualquier señalamiento al gobierno municipal, por tratarse sólo de Chema, hay que verificarlo dos veces. Y en el vértigo informativo, no siempre hay disposición ni tiempo.Lo grave es que, a veces, puede tener razón. Un ejemplo es la crítica a la autorización para que Nestlé use la imagen de La Minerva en los chocolates Carlos V por el Mundial. Un tema que abordé en este espacio ayer.Una oposición sin solvencia moral es peor que la ausencia de oposición porque neutraliza, o dicho de mejor modo, anula la crítica que impulsa.Basta ver cómo los titulares, las redes sociales y la conversación giran en torno a la figura de Pablo Lemus y su gobierno -bien merecido lo tiene, no es queja-, pero se diluyen los actos de gobierno de Guadalajara y su presidenta Verónica Delgadillo.Las sesiones de cabildo pasan de noche. Nadie escruta a las y los regidores (¿alguien recuerda un nombre?). Las exigencias fluyen de arriba hacia abajo, sin que la presión social alcance al nivel municipal, la instancia de gobierno con mayor impacto directo en la población.Esta costumbre de nuestra cultura política debe corregirse. El o la alcaldesa de Guadalajara no pueden ser relevantes únicamente cuando buscan la gubernatura.Como dijo una vez cierto alcalde que reclamó a la prensa porque sólo hablaban y publicaban hasta el más mínimo gesto del gobernador: la cola de perro también es perro.