La palabra individualista es utilizada a menudo como insulto: el individualismo no es sino egoísmo radical y atomismo social. En las líneas que siguen trataré de explicar por qué esta es una opinión infundada.Las raíces del individualismo yacen en la Grecia antigua y en la tradición cristiana; sostiene que los agentes morales realmente existentes y valiosos son los individuos concretos de carne y hueso, no las colectividades, la patria, la raza o la humanidad futura: abstracciones en nombre de las cuales millones de personas han sido asesinadas. Los individuos son sujetos de derecho: a la vida, a la libertad, a la búsqueda de la felicidad.Esta concepción moral y jurídica no cree en la inexistencia de la sociedad, como dijo Margaret Thatcher, o que los grupos sociales sean irrelevantes en nuestras vidas e identidades. Los individuos no somos seres aislados; nuestra especie trascendió la animalidad y se hizo humana gracias a la cooperación social. Este es el reto hoy: conciliar el individualismo con una mayor solidaridad social y reducir sus tendencias posesivas.Sólo en comunidades fuertes, vibrantes y sanas, las personas podrán cultivar su individualidad y promover sus derechos. No existe, por tanto, un juego de suma cero entre la comunidad y el individuo. Afirmar la primacía moral del individuo no debe ser un atentado contra la sociedad. Por el contrario: sólo en sociedad, y gracias a ella, es que puedo alcanzar mi individualidad.Los grupos humanos —incluido el Estado— deben servir a los individuos, a sus necesidades y proyectos vitales. Es irracional e indigno subordinarse a una ideología, un grupo social, una iglesia. El individuo —y subrayo: únicamente el individuo— es soberano. Y en una sociedad moderna, el soberano no es el rey, el caudillo, la asamblea, el Señor Presidente o el Estado, sino el conjunto de los ciudadanos.Uno de los problemas de los derechos colectivos es no reconocer que los grupos sociales son encabezados por individuos particulares, dirigentes o líderes que se benefician de las prerrogativas del grupo y que, en nombre de la colectividad, gozan del derecho de oprimir a sus miembros. Pues toda organización humana tiende a ser oligárquica.El individualismo sostiene que cada miembro individual de la comunidad política es sujeto de derechos que ni el Estado puede violentar. El jurista mexicano Pedro Salazar lo expresa claramente: “Ni la familia, ni el clan, ni la tribu, ni el barrio —y así hasta llegar, aristotélicamente, hasta el Estado— son titulares de derechos oponibles a los derechos de las personas. Sólo éstas son titulares de derechos fundamentales y la legitimidad de cualquier entidad comunitaria depende del respeto que brinde a estos derechos” (“Confesiones de un liberal”).El antiindividualismo esconde la supremacía de ciertos individuos por sobre otros individuos. “Para el fascismo, el Estado es absoluto, mientras que el individuo y los grupos son relativos”, escribió Mussolini. En otras palabras: “Yo, el caudillo del Estado, il Duce, poseo todos los derechos y libertades; ustedes, los individuos, son nada”. Invirtiendo la filosofía política de Mussolini, podemos decir que, para el individualismo, las personas son absolutas, mientras que el Estado y los grupos son relativos.El individualismo, en suma, al otorgarle a cada persona derechos y libertades, nos confiere el espacio moral para vivir como nos plazca y elegir los valores que más sentido brinden a nuestra existencia. El individualismo subraya, pues, la centralidad moral de las personas y la dignidad intrínseca de cada ser humano. Vistas así las cosas, individualista deja de ser un insulto.