Viernes, 08 de Mayo 2026

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Hay lugares en México donde el béisbol no se ve... se vive

Por: Salvador Cosío Gaona

Hay lugares en México donde el béisbol no se ve... se vive

Hay lugares en México donde el béisbol no se ve... se vive

En México todavía persiste una percepción equivocada: creer que el béisbol es un deporte regional, secundario o limitado a ciertos momentos específicos del calendario. Basta recorrer algunas plazas del país para entender que esa idea dejó hace tiempo de corresponder con la realidad. Porque existen regiones enteras donde el béisbol no solamente se sigue: se hereda, se conversa, se respira y forma parte de la identidad colectiva.

Sucede particularmente en Sonora —probablemente la región con mayor arraigo beisbolero del país— donde el juego forma parte de la vida cotidiana y generaciones enteras crecieron entendiendo el calendario alrededor de Naranjeros de Hermosillo, Yaquis de Ciudad Obregón o Mayos de Navojoa. Ahí el béisbol no es un entretenimiento ocasional: es identidad regional. Hermosillo, además, presume uno de los escenarios emblemáticos del país, el Estadio Fernando Valenzuela, símbolo de una cultura deportiva construida durante décadas.

Sucede también en Sinaloa, donde Tomateros de Culiacán, Venados de Mazatlán, Algodoneros de Guasave y Cañeros de Los Mochis representan mucho más que simples organizaciones deportivas. El béisbol sinaloense atraviesa generaciones, barrios, conversaciones familiares y buena parte de la vida social de la región.

La misma intensidad puede advertirse en Baja California con Mexicali y Tijuana; en Nuevo León con Sultanes de Monterrey; y en buena parte del norte mexicano, donde plazas como Saltillo, Monclova o Aguascalientes mantienen una conexión histórica y profundamente emocional con el juego. Ahí el béisbol sigue funcionando prácticamente como una religión deportiva.

Algo similar ocurre en el sureste del país. Mérida, Oaxaca, Puebla y otras plazas conservan una tradición beisbolera que muchas veces resulta subestimada desde el centro del país, pero que mantiene un enorme arraigo social y comunitario.

En todos esos lugares, el béisbol no necesita convencer a nadie de su importancia.

La gente organiza tiempos, conversaciones y afectos alrededor del juego. Los niños crecen escuchando nombres de peloteros como parte del lenguaje familiar. Los estadios se convierten en puntos de encuentro social. Y la identidad regional encuentra en el béisbol una forma de representación colectiva que va mucho más allá del resultado de una temporada.

Por eso, el crecimiento reciente del béisbol mexicano no debe entenderse como una moda pasajera ni como un simple efecto de la expansión internacional de las Grandes Ligas (MLB). Lo que hoy ocurre tiene raíces mucho más profundas. Existe una base cultural construida durante décadas y sostenida por aficiones que permanecieron fieles incluso en etapas donde el fútbol absorbía prácticamente toda la conversación nacional.

Y quizá uno de los casos más interesantes dentro de esa evolución es el de Jalisco.

Durante mucho tiempo se asumió que Guadalajara era territorio exclusivamente futbolero. Sin embargo, el crecimiento sostenido de Charros de Jalisco terminó modificando esa percepción. Lo que hoy ocurre en Zapopan alrededor del béisbol profesional ya no puede entenderse como un fenómeno aislado ni como entusiasmo momentáneo.

Entre temporada regular, postemporada y eventos internacionales, el Estadio Panamericano alberga cerca de un centenar de juegos profesionales al año. Con asistencias promedio que rondan al menos los seis mil aficionados por encuentro —y con entradas considerablemente mayores en series relevantes— puede estimarse que cerca de seiscientas mil personas acuden anualmente al inmueble para consumir béisbol. Una cifra altamente competitiva incluso frente al flujo aproximado de aficionados que asisten durante el año a los partidos de Chivas en el Estadio Akron.

Y eso no es un dato menor.

Habla de una afición madura, constante y plenamente consolidada. Habla de un mercado deportivo que dejó hace tiempo de ser marginal. Y habla también de un fenómeno social que muchos todavía siguen subestimando.

Charros, además, ha logrado construir rasgos muy particulares dentro del béisbol mexicano contemporáneo. La organización ha tenido vínculos y presencia de figuras históricas y emblemáticas como Fernando Valenzuela y Sergio Romo, así como protagonistas de época reciente como Roberto Osuna y Christian Villanueva.

A ello se suma otro elemento distintivo: Jalisco es hoy la única plaza del país con béisbol profesional prácticamente durante todo el año gracias a la presencia competitiva de Charros tanto en verano como en invierno. Y también es la única sede mexicana que ha logrado albergar eventos de la magnitud del Clásico Mundial de Béisbol y el Premier 12, además de Series del Caribe y otros torneos internacionales de alto nivel.

Todo eso ayuda a entender por qué el fenómeno ya no puede verse como una simple moda regional.

Porque el béisbol jalisciense tuvo que abrirse espacio en medio de inercias futboleras profundamente arraigadas, competir por atención mediática y construir afición prácticamente desde cero frente a quienes durante años insistieron en minimizar su crecimiento.

Hoy la realidad es distinta.

Charros de Jalisco es la única organización del país con presencia estable y competitiva en ambas ligas profesionales, verano e invierno. Y alrededor de ello terminó consolidándose una afición sólida, constante y cada vez más identificada con el juego.

Todo esto permite entender algo importante: el béisbol mexicano ya no es únicamente un deporte regional ni una tradición aislada de ciertas plazas. Es una expresión cultural profundamente viva que sigue creciendo, conectando generaciones y fortaleciendo identidades locales en distintas partes del país.

Porque hay lugares donde el béisbol no se consume solamente como espectáculo.

Se vive.

Y cuando un deporte alcanza ese nivel de arraigo, deja de depender únicamente de modas o resultados.

Se convierte en cultura.

@salvadorcosio1

Bambinazos61@gmail.com

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