Con todo el entusiasmo que nos dan los festejos, noviembre es muy socorrido, ya que se presentan como estelares la fiesta de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos. Por cierto, en Guadalajara ya nos tocó la influencia de la ciudad capital, pues aquí se festejaba Todos Santos y, por la tarde, se acostumbraba ir a la antigua Alameda, hoy Parque Morelos, a comprar unos cascos militares de cartón. Había también muñecas que a mí se me hacían muy feas, y vendían los tradicionales raspados, que tienen cien años ahí. Desde aquellas épocas había chicas de la llamada mala vida que prestaban sus servicios en ese lugar y de quienes el propio evangelista dijo que nos precederán en el reino de los cielos. Si lo dijo el evangelista, pues algo debió saber del asunto.También se vendía papel picado y algunas cosas de Navidad, no de manera tan adelantada como ocurre con las compras actuales. Pero ahora, como en la ciudad capital, nos indican que la fiesta debe ser de los muertos, pues ya festejamos a los muertos y ponemos altares, que por estos rumbos no eran usuales. Y la simpática calaca chayotera, conocida como Catrina, toma posesión de los festejos, quitándonos la gran tradición que tenían los aztecas respecto de la muerte, que se está perdiendo si alguien no escribe sobre eso. También se han apoderado de las calles los desfiles de calacas y otros desfiles con personas disfrazadas de calaveras que ni siquiera son nuestras, sino que las inventó James Bond, 007, y ya las festejamos como si fueran propias.Por esos días se celebra el Gran Premio de México, de carreras de automóviles, en el que hay pocos pilotos que puedan lucirse como Checo Pérez, cuyos méritos al volante de esos aparatos velocísimos conocemos. Su papá, siempre aprovechando la fama de su crío, desea obtener un hueso político y ya ha tenido varios, porque los méritos del piloto son más que suficientes. Pero en esa materia hay tantos precandidatos que no se sabe bien quién va a ser el bueno, porque, si bien hay muchos huesos que roer, hay el doble de candidatos dispuestos a sacrificarse por nosotros y a abandonar la tranquilidad de la vida privada para entrar a la vida pública, sin que la mayoría de nosotros sepamos agradecer tan nobles sacrificios. Porque no crea usted que van por la lana. ¡Qué esperanzas! Es una labor desagradecida, porque ellos no van por el dinero, no van por el poder; son casi santos que no son llevados a la gloria como debería ser. Y la única novedad es que ahora muchas chicas aspiran también a esos puestos públicos. Y qué bueno, porque realmente, si bien los acusan de rateros, también a ellas. Pero, en fin, cada quien se dedica a lo que más le guste. Y no critico, porque casi a cualquiera le encantaría tener en su bolsa las ricas fortunas que pasan por sus manos.@enrigue_zuloaga