La silla del poder no es un asiento: es una cuerda floja sobre el abismo, donde un ser humano —con sueños, cuerpo, dudas y biología— debe caminar como si fuera sobre un mármol.El ejercicio del poder es, en esencia, una combustión interna constante. Quien ocupa la silla presidencial no solo gestiona presupuestos o leyes: habita un epicentro donde las emociones de una nación entera —sus miedos, esperanzas, enojos y decepciones— se concentran como relámpagos en un solo punto. En ese sentido, el presidente no gobierna únicamente con decretos: gobierna, también, con su sistema nervioso.Por eso, la pregunta psicopolítica de nuestro tiempo no es solo “¿qué hará?”, sino “¿cómo se sostendrá?”. Porque un presidente es, sin quererlo, el termostato invisible del país. Su serenidad puede enfriar la histeria colectiva; su reactividad puede incendiarla. La historia se decide muchas veces no por la idea más brillante, sino por la emoción mejor regulada.Hoy, con Claudia Sheinbaum, México observa un fenómeno particular: la paradoja del mando. Se le exigen resultados inmediatos, pero enfrenta problemas de raíces profundas, enredadas bajo tierra como raíces antiguas: violencia que muta, dolores que no caben en estadísticas, presiones económicas, tensiones internacionales y un juicio público permanente que a veces es crítica necesaria, pero otras se vuelve vendaval de sospecha, ruido, linchamiento y hambre de sangre.Y aquí conviene decirlo con claridad: la presidencia es un entorno de alta toxicidad para la mente. El estrés crónico no es metáfora poética: es química real. Cuando se prolonga, estrecha la percepción, nubla el juicio, empuja al pensamiento a volverse túnel. No por maldad: por fatiga. El riesgo no siempre es un colapso estruendoso; a veces es más silencioso: la desconexión gradual. El líder se aísla, el equipo se vuelve coro y la realidad empieza a llegar editada, como si la verdad fuera un enemigo.En la era que Byung-Chul Han llama psicopolítica, el líder ya no solo debe ser eficiente: debe sobrevivir a la dictadura de la inmediatez, al ruido digital, a la presión de responderlo todo, todos los días, como si gobernar fuera una transmisión en vivo. Pero gobernar no es reaccionar. Gobernar es ver lejos. Y para ver lejos hace falta un aire interior.De ahí que la salud mental y física de quien está en la silla presidencial no sea un asunto privado ni un lujo: es un activo de seguridad nacional. El verdadero desafío de Sheinbaum —y de cualquier presidente— no es solo resolver problemas complejos, sino construir un “templo interno”: un espacio de silencio, descanso y verdad, donde el ego se someta a la prudencia y donde el cansancio no se convierta en el consejero principal.La fuerza no es endurecerse. La fuerza es ser dique sin volverse piedra. Ser firme sin convertirse en hierro. Ser humano sin quebrarse. Porque cuando el centro del líder se rompe, el país se desborda. Y cuando el centro del líder se cuida, México va a respirar mejor.dellamary@gmail.com