Domingo, 12 de Julio 2026

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El sombrero del sufrimiento

Por: Lucía Chidan

El sombrero del sufrimiento

El sombrero del sufrimiento

Esta semana aprendí una gran lección sobre el agradecimiento y la perspectiva. Leí un texto que planteaba lo siguiente. Imagina que todos en el mundo escribieran su mayor problema en un pedazo de papel, lo arrojaran a un sombrero, y después tuvieran que elegir uno al azar. ¿Lo harías? Probablemente, por pura estadística, todos los que están ahora leyendo esta columna en el periódico deberían contestar que no. Saber leer, tener acceso a agua potable, a alimentos diarios y a internet es ya de por sí una combinación de factores que denota un privilegio importante respecto al resto de la población mundial.

Dentro de ese sombrero podrían encontrarse situaciones como la de los refugiados en países en guerra, o la de los migrantes que han tenido que dejar sus hogares, sus países y sus familias por una falta de seguridad estructural que no les permitía vivir dignamente. También podría haber ahí alguien tan privilegiado como tú, viviendo una situación de salud que lo tenga postrado en el dolor. Y, sin embargo, no se trata de comparar tus problemas con los de los demás, porque siempre habrá una situación que en perspectiva genere mayor sufrimiento que la nuestra, y eso no hace que la nuestra deje de dolernos. El sufrimiento no es una magnitud objetiva ni transferible entre personas. Es una experiencia de primera persona, cerrada sobre sí misma. No existe una unidad común de medida que nos permita decir que el dolor de alguien vale más o menos que el de otro.

Pero sí permite gestionar el sufrimiento desde otro punto de vista, desde la posibilidad de mirar tu propio papel y decir gracias. La comparación social descendente, como la bautizó el psicólogo social Leon Festinger, solo funciona cuando es un mecanismo de afrontamiento que adopta la misma persona que sufre, y no cuando alguien más se lo impone desde afuera. Decirle a alguien que deje de llorar porque hay gente que la pasa peor bloquea la empatía y se convierte en una manera tajante de cerrar una conversación que en realidad invalida. Pero aun así, usar esa misma comparación como una estrategia elegida para afrontar el sufrimiento con actitud de agradecimiento puede tener grandes beneficios. Me quedo con mi papel, no lo meto en el sombrero, agradezco que mi papel sea este y no otro, y me hinco a dar gracias al cielo por ello.

Este cambio de óptica transforma el: ¿por qué a mí? en el:”¿qué tengo a pesar de esto?”. Es una invitación a entrenar la mirada para fijarse en lo que sí hay y notarlo. El doctor Robert Emmons, de la Universidad de California en Davis, ha estudiado la práctica del agradecimiento durante décadas, no como una acción pasiva que se conforma con decir gracias por mi papel y niega el peso real de lo que hay escrito en él, ni la necesidad de atravesar sanamente el dolor que implica, sino como un proceso activo que da fruto.

Pero entrenar la mirada para agradecer mi papel no puede quedarse ahí, mirándome solamente a mí, porque eso sería, en el fondo, otra forma de encierro, una gratitud de espejo que se admira a sí misma por lo que tiene y se olvida de para qué lo tiene. Si de verdad aprendo a ver lo que hay en mi papel, esa misma mirada tendrá que voltear, tarde o temprano, hacia el sombrero. No para compararme, ni para medir mi suerte contra la desgracia ajena, sino para preguntarme, con la mirada ya entrenada y despierta, qué hago yo, con lo que tengo, por quien sacó otro papel.

Ahí está la trampa de quedarse solamente en el agradecimiento personal, que puede volverse una forma elegante de mirar para otro lado. ¿Cómo enfrento el sombrero sin pensar solamente en mí, meta o no meta mi papel? ¿Cómo estoy llamada a atravesar el dolor de mis propios sufrimientos sin olvidarme del otro? Me llevo estas preguntas sin haberlas resuelto del todo. Y tú, ¿qué vas a hacer con lo que hay escrito en tu papel?

@luciachidan

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