Hay frases que se quedan como espinas en la memoria política. El historiador inglés Lord Acton lo dijo con una precisión casi quirúrgica: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y el escritor Edward Abbey lo volvió más crudo, más directo: “El poder es siempre peligroso. Atrae a los peores y corrompe a los mejores”.¿Por qué atrae a los peores? Porque el poder funciona como un espejo con maquillaje: promete admiración instantánea a quien no logró construirla por dentro. Los más acomplejados, ambiciosos y hambrientos de aplauso suelen buscarlo como se busca una armadura: no para servir, sino para ocultar la fragilidad. En psicología política lo vemos una y otra vez: el deseo de control como compensación; la codicia como anestesia del vacío; la necesidad de ser temido cuando no se puede ser amado. Y entonces el poder se vuelve una prótesis del yo: “mírenme”, “respétenme”, “obedezcan” y “quiéranme”. Si no creen en su propio interior, buscarán comprar la reverencia por fuera: con dinero, con armas, con cargos, con propaganda.Pero lo más inquietante es la otra mitad de la sentencia: el poder también corrompe a los mejores. No siempre de golpe, sino por goteo. Empieza con una concesión “pequeña” -una mentira piadosa, un favor necesario, un enemigo inventado- y termina con una maquinaria. El poder aísla: rodea al líder de aduladores que le aplauden todo y no lo contradicen para nada, le reducen el oxígeno moral, le hacen confundir el halago como si fuera una verdad. Y, como toda droga, eleva el umbral: lo que ayer bastaba, hoy ya no alcanza. Se vuelven insaciables. Quieren más control, más obediencia, más permanencia, más historia escrita a su favor.La psicohistoria lo confirma: los grandes desastres de la humanidad no nacen solo de monstruos evidentes, sino de hombres “respetables” que se acostumbraron a ceder su conciencia responsable a cambio de obtener una mayor eficacia para someter.La vacuna no es romántica: es institucional y espiritual. Es ponerles controles, contrapesos, rendición de cuentas, límites reales. Y, a nivel íntimo, que tengan una disciplina de humildad: recordarse cada día que mandar no es ser superior; es estar más obligado a servir. Porque el poder, al final, no revela quién eres… amplifica y magnifica su realidad.Esperemos que este año nuevo, que está por iniciar, el poder atraiga más a los mejores y que ya no se corrompan con facilidad. ¿Será mucho pedir?