Miércoles, 10 de Junio 2026

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El Mundial y la plaza perdida

Por: Ricardo Villanueva

El Mundial y la plaza perdida

El Mundial y la plaza perdida

Mañana arranca un nuevo Mundial de Futbol y, durante las próximas semanas, millones de personas en todo el globo detendrán por momentos sus rutinas para mirar una misma pantalla.

Pasará lo de siempre, pero aun así lo viviremos con la misma sorpresa: celebraciones, decepciones, debates interminables sobre penales que no fueron y pronósticos equivocados. Pero más allá del espectáculo deportivo, el Mundial nos recuerda algo importante: la necesidad humana de compartir experiencias colectivas.

Vivimos en una época que nos ofrece posibilidades de personalizarlo todo: desde el café hasta el diseño de unos tenis. Cada persona consume información distinta, sigue algoritmos diferentes, escucha música diferente y participa en conversaciones distintas. Nunca habíamos tenido tantas opciones para todo y hoy es fácil construir una experiencia individual del mundo.

Por los siglos de los siglos, las ciudades se organizaron alrededor de una plaza pública. Hoy nuestras conversaciones se organizan alrededor de algoritmos. Quizá por eso el Mundial resulta tan atractivo: durante unas semanas nos devuelve algo que parecía perdido, una plaza donde millones de personas vuelven a coincidir.

Por eso eventos como el Mundial tienen un valor que va más allá del deporte. Durante unos días, millones de personas miran hacia el mismo lugar. Un gol altera reuniones de trabajo, cambia el ánimo de un país entero y provoca conversaciones entre personas que quizá nunca antes habían intercambiado una palabra.

Lo que está en juego no es solo un marcador... también es la posibilidad de sentirnos parte de algo común.

Para eso existen los rituales colectivos. A lo largo de la historia, algunos fueron religiosos, otros cívicos, culturales o deportivos. Todos cumplían una función esencial: recordarnos que, además de individuos, somos parte de una comunidad.

Las universidades nacieron bajo una lógica similar. No sólo para transmitir conocimiento, sino para reunir personas distintas alrededor de una experiencia compartida. Para aprender juntos, debatir, disentir y construir vínculos. En un mundo que está cada vez más mediado por pantallas, esa misión tiene una importancia renovada.

Sería interesante pensar en que el mayor legado que pueda dejar este Mundial no esté en los resultados del torneo. Tal vez su aportación más valiosa sea recordarnos algo esencial: ninguna sociedad se construye en soledad. Necesitamos espacios para el encuentro colectivo… para encontrarnos, conversar, emocionarnos y reconocernos como parte de algo más grande que nosotros mismos.

Cuando suene el último silbatazo y el mundo vuelva a dispersarse en millones de pantallas, ojalá conservemos algo de estos días que se vienen: la certeza de que seguimos necesitando una mesa, una plaza, una conversación y una causa común para reconocernos en los otros. Porque antes que espectadores, ciudadanos o aficionados, somos seres colectivos, hechos para encontrarse.

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