Desde su inicio, el Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum dio pasos para normalizar la relación con Estados Unidos, primero, y luego fortalecerla. La ruta no ha sido fácil, pero a pesar de las groserías y desplantes de Donald Trump desde que en enero del año pasado regresó a la Casa Blanca, la relación es hoy mejor que cuando inició el sexenio, mas ahora enfrenta su mayor desafío.De Sheinbaum y de Trump se puede decir que han logrado un “cuarto de al lado”. Con apenas dos entrevistas personales, muy circunstanciales ambas, la cooperación anticrimen parecía capaz de sobrevivir “dramas políticos” (Landau dixit): por ejemplo, el caso de Rocha Moya y los nueve de Sinaloa, que Claudia se negó a detener, no la descarriló. Sin embargo, nada ha sido miel sobre hojuelas. Quien crea que a Washington le pasó inadvertido el tono de la Presidenta en su discurso de junio en el Monumento a la Revolución, cuando con el brazo levantado mandaba muy lejos la solicitud de una Corte en Nueva York alegando que luego le pedirían más, no aprecia que esos márgenes que Sheinbaum regatea y usa, en ejercicio soberano, tienen costos que ella ha de minimizar con la mejor cara. Es un poco lo mismo que sucede con Trump, los aranceles y una relación comercial que incluye pero rebasa la revisión del T-MEC. Pasamos de sonoros tremores con aquellas iniciales y caprichosas imposiciones de tasas al que por tres décadas fuera socio comercial privilegiado, a tomar con mucha calma cada “arancel”, cada declaración, cada jugada, resultara o no en un TACO trumpista.La Presidenta navega tormentas que desatan halcones. Y hasta el jueves el destino parecía premiar aquello de la “cabeza fría”. No engancharse, no sobrerreaccionar y no imponer medidas compensatorias al tú por tú. ¿Se podía de veras como dice el ex secretario de Economía Ildefonso Guajardo revirar cada arancel con otro? La película va demasiado avanzada como para saberlo.El jueves todo cambió. No solo en lo económico sino también en eso. El anuncio de Andrés Manuel López Beltrán de que le habían quitado la visa, y su destempleado reaccionar, emproblema a la Presidenta, a quien atrapa en un dilema. Trump despreció el entendido bajo el cual operaba Estados Unidos con respecto a México. Esta Casa Blanca tiró por la borda lo de compartimentalizar temas con su problemático vecino del Sur. Igualmente, desdeña la noción de que más vale no provocar el gen nacionalista de los mexicanos para que sus gobernantes no pierdan el control de sus gobernados, lo que podría resultar contraproducente para Washington. Retirar la visa a “Andy” pone en jaque a Claudia. De momento habrá cooperación en seguridad y “condiciones menos malas que otros” en comercio (sin dejar de chantajear con que los mexicanos se aprovecharon para robar empleos y se puente de exportaciones de otros países), pero habrá también demandas de esa agenda oculta cuyas erupciones generan tensiones inéditas y quizá inmanejables.Washington ha emplazado a Sheinbaum. Ella sabe que la cooperación en seguridad y la vigencia del comercio son literalmente vitales, pero sabe también que EU va por políticos de cuyo actuar, sobre todo el de su entorno, sobraban demasiadas suspicacias. Pero son sus políticos, ellos la pusieron. La agenda oculta de Washington no lo es más. La Casa Blanca quiere que Claudia se defina. Cuando Andy pidió que no le dijeran así, queriéndose agrandar a punto de cumplir 40 años, puso un clavo al ataúd de una carrera a nombre propio. El segundo clavo fue al correr a Tabasco (ni en CDMX estaba seguro un triunfo del heredero, guau). Ahora ha llegado el clavo definitivo. Le quitan la visa en un mensaje que ni es para él, él es pretexto. Es para su padre, y es para la Presidenta. Es injerencismo, qué duda cabe. Pero es mucho más que eso. ¿Se puede convocar a un desbordante mitin en desagravio de un junior, y del padre de quien nada ha ganado en política, sin al mismo tiempo poner, ahora sí, en peligro la indispensable colaboración anticrimen y negociaciones del comercio bilateral? Quién sabe si hay más de una respuesta a esas interrogantes. La Presidenta tiene la palabra.