Viernes, 03 de Julio 2026

LO ÚLTIMO DE Ideas

Ideas |

El béisbol bautiza

Por: Salvador Cosío Gaona

El béisbol bautiza

El béisbol bautiza

Los apodos también juegan… y algunos terminan siendo más inmortales que el propio nombre.

Hay muchas razones por las que el béisbol es distinto a cualquier otro deporte. Una de las más entrañables no aparece en el reglamento, no la decreta el manager ni la aprueba la liga. Nace en el clubhouse, se fortalece en el dugout, viaja en el autobús del equipo, la enriquecen los cronistas y termina siendo adoptada por la afición.

El béisbol bautiza.

En ningún otro deporte los apodos adquieren tanta fuerza ni tanta permanencia. No los crea una campaña publicitaria ni una oficina de mercadotecnia. Los inventan los compañeros, los rivales, los cronistas o las tribunas. Algunos nacen por el físico; otros por una hazaña, una virtud, una travesura, una comparación ingeniosa o simplemente por el cariño de la gente. Cuando un sobrenombre prende, deja de pertenecer al pelotero y pasa a formar parte de la historia.

El béisbol universal está lleno de esos bautizos. Ahí viven Babe Ruth — The Bambino; Lou Gehrig — The Iron Horse; Joe DiMaggio — The Yankee Clipper; Ted Williams — The Splendid Splinter; Willie Mays — The Say Hey Kid; Pete Rose — Charlie Hustle; Reggie Jackson — Mr. October; Nolan Ryan — The Ryan Express; Ozzie Smith — The Wizard; Cal Ripken Jr. — The Iron Man; Ken Griffey Jr. — The Kid; Randy Johnson — The Big Unit; Frank Thomas — The Big Hurt; Albert Pujols — The Machine; Mariano Rivera — The Sandman; David Ortiz — Big Papi; Iván Rodríguez — Pudge; Hideki Matsui — Godzilla; Madison Bumgarner — Thor; Aaron Judge — El Juez; José Altuve — Astroboy; y Shohei Ohtani — Showtime y El Unicornio. Basta pronunciar cualquiera de esos nombres para que el aficionado complete de inmediato la historia.

México no se queda atrás. Desde Baldomero “Melo” Almada, el primer mexicano en las Grandes Ligas, el ingenio beisbolero ha construido una colección extraordinaria de sobrenombres. Ahí están Héctor Espino — Superman de Chihuahua y El Rebelde de Chihuahua; Fernando Valenzuela — El Toro; Aurelio López — El Buitre de Tecamachalco; Benjamín Reyes — El Cananea; Jaime Corella — El Flaco de Oro; Nelson Barrera — El Almirante; Matías Carrillo — El Coyote; Ramón Hernández — El Abulón; Francisco Estrada — Paquín; Vicente Romo — Huevo Romo; Horacio Piña — El Ejote; Francisco Campos — Pancho Ponches; Ismael Valdez — Rocket; Miguel Ángel González — Mariachi; Sergio Robles — Kalimán; Jaime López Félix — Mr. Hit; Ramón Ríos — La Pulpa; Luis Arredondo — El Rayo; Carlos López — El Chaflán; Roberto Herrera — El Musulungo; Christian Zazueta — El Pulpo; Héctor Heredia — El Caballo; Amadeo Zazueta — El Minino; Jesús López — Chullito; Juan Carlos Gamboa — El Harper; Esteban Quiroz — El Pony; Joey Meneses — Caballoy; Agustín Murillo — La Muralla; Japhet Amador — El Gigante de Mulegé; Antonio Osuna — El Cañón; y Roberto Osuna — El Cañoncito.

Jalisco ocupa un lugar especial en esa tradición. La historia de los Charros no puede contarse sin Benjamín Cerda — La Chata; Roberto Méndez — Dumbo; Adolfo Alberto Mantecón Sánchez — Tribilín Cabrera; y Manuel Lugo — El Patita.

Cada uno encierra una historia.

La Chata fue uno de los grandes símbolos de los Charros originales. Dumbo recibió ese bautizo por sus enormes orejas, que inevitablemente recordaban al célebre personaje de Disney. Tribilín Cabrera llegó desde Cuba con el nombre de Adolfo Alberto Mantecón Sánchez, pero una curiosa confusión inicial con otro pelotero conocido como “Chiquitín Cabrera” y, sobre todo, su gran estatura y semejanza con el personaje de Disney hicieron que la afición tapatía terminara rebautizándolo para siempre. Muy pocos recuerdan hoy su nombre completo; todos recuerdan a Tribilín.

Algo parecido ocurrió con Manuel “El Patita” Lugo. Su singular movimiento al lanzar, levantando y blandiendo la pierna izquierda antes de cada envío, provocaba que las tribunas comenzaran a gritar: ”¡Patita, Lugo!… ¡Patita!”. Aquella manera tan peculiar de preparar cada pitcheo terminó convirtiéndose en uno de los sellos más recordados de los Charros campeones.

Las historias detrás de algunos apodos son tan memorables como las carreras de quienes los llevaron. Roberto “El Musulungo” Herrera, extraordinario receptor, poderoso bateador y posteriormente destacado umpire, llegó desde Cuba con un sobrenombre nacido en el habla popular de la isla, donde musulungo describe a un hombre corpulento, alto y de cabello rizado. El apodo cruzó el Caribe y terminó formando parte del vocabulario cotidiano del béisbol mexicano.

Luis “El Rayo” Arredondo, miembro del Salón de la Fama del Beisbol Mexicano, fue bautizado así después de protagonizar una célebre carrera contra un caballo… y ganarla. Agustín “La Muralla” Murillo recibió un sobrenombre que describía exactamente lo que representaba para cualquier rival: una tercera base prácticamente infranqueable. Jaime López Félix fue simplemente Mr. Hit, porque pocos bateadores hicieron del contacto una marca tan distintiva.

También existen apodos convertidos en canciones. Sergio “El Mechón” Romo fue acompañado durante años por una de las porras más simpáticas del béisbol mexicano: ”¡Mamá, el Mechón… peíname el Mechón!”. El cántico terminó siendo tan famoso como el propio relevista.

Y hay bautizos que nunca terminaron de gustarle a quien los llevaba. Roberto Osuna prefería construir su propia identidad antes que vivir bajo la inevitable comparación con su tío Antonio El Cañón Osuna. Sin embargo, la afición ya lo había bautizado como El Cañoncito. En el béisbol, cuando un apodo prende, ya no pertenece al jugador: pertenece a la memoria colectiva.

Los cronistas deportivos han sido auténticos maestros del bautizo. Con imaginación y sensibilidad resumieron carreras enteras en apenas dos palabras. Pero la afición también ha desempeñado un papel decisivo. Muchos sobrenombres nacieron en las gradas, crecieron de boca en boca y terminaron siendo más fuertes que cualquier nombre inscrito en un acta de nacimiento.

Hay apodos que describen el físico: La Chata, Dumbo, El Ejote, El Gigante de Mulegé, El Musulungo.

Otros hablan del talento: Mr. Hit, Rocket, La Muralla, El Pulpo, Pancho Ponches, El Unicornio.

Algunos resumen una personalidad: El Toro, El Cananea, El Almirante, Big Papi, The Sandman.

Y otros sólo pueden explicarse desde el inagotable ingenio del béisbol: Tribilín, El Patita, Caballoy, El Harper, Mariachi, Kalimán, Paquín, Huevo Romo, La Pulpa, El Chaflán o Showtime.

Seguramente quedaron fuera muchos sobrenombres memorables. Es imposible reunirlos todos en una sola columna. Y ésa es, precisamente, la mejor noticia. Significa que el béisbol posee una riqueza cultural y una memoria oral extraordinarias, alimentadas por generaciones de jugadores, cronistas y aficionados.

Quizá dentro de cincuenta años pocos recuerden un promedio de bateo, una efectividad de pitcheo o el número exacto de cuadrangulares de una temporada. Pero bastará mencionar a The Bambino, El Toro, Superman de Chihuahua, La Chata, Dumbo, Tribilín, El Patita, El Musulungo, Mr. Hit, Rocket, Mariachi, Kalimán, El Rayo, La Muralla, El Mechón, El Caballo, El Harper, La Pulpa, Big Papi, Pudge, The Sandman, Godzilla, Thor, El Juez, Astroboy, Showtime o El Unicornio para que inmediatamente aparezca una sonrisa y alguien complete la historia.

Porque las estadísticas explican una carrera.

Los campeonatos engrandecen un legado.

Pero los apodos… los vuelve inmortales.

@salvadorcosio1
Bambinazos61@gmail.com

Temas

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones