Las palabras crean la realidad. De allí la importancia de definir y pulir con inteligencia y rigor nuestro vocabulario moral y político.A diferencia de los conceptos y definiciones —siempre provisionales—, los dogmas no admiten enmiendas ni discusión. Religiosos o seculares, son siempre obligatorios: quien osa cuestionarlos es un hereje.Dialogar sin estar dispuesto a cambiar de opinión y a ser persuadido por el otro, no es dialogar sino pontificar. Quien renuncia, por el contrario, a la cómoda somnolencia del dogma para discutir racionalmente los asuntos y conceptos actúa de forma liberal. Pues el liberalismo, como sostiene Federico Reyes Heroles en Ser liberal. Una opción razonada (Taurus, 2021), no es un sistema de pensamiento cerrado, una ideología secular o un catequismo; es “una forma estructurada de raciocinio” (p. 28).“La complejidad es la deriva de la razón”, dice Reyes Heroles (p. 18). Resultado de una fe ciega, todo dogma es simple, nítido. En contraste, la civilización es inherentemente compleja. Por ello, los conceptos y definiciones cambian con el tiempo: constantemente los criticamos a fin de evitar su degeneración dogmática.Lejos de ser exclusivo de las religiones, el dogma acecha también a la política, a las instituciones e idearios; adormece siempre la razón y embota el espíritu. De allí la decadencia de toda institución que limite o suprima la crítica de sus conceptos y acciones.“Entre más complejo es algo o alguien, mayor esfuerzo exige”, continúa Reyes Heroles (p. 18). En otras palabras, el dogma es producto de la pereza mental, de la aversión al esfuerzo de pensar, del deseo de ponerle punto final a la indagación.El liberal sabe, por el contrario, que las definiciones y conceptos son contingentes y falibles. Pero esto no conduce a una parálisis nihilista. Richard Rorty diría que el liberal asume su “vocabulario final” —aquellas palabras con que justificamos nuestras acciones, nuestras creencias, nuestras vidas— con una profunda ironía, es decir, sabiendo que pueden estar equivocadas y que no son absolutas ni perfectas.Limitar el debate, imponer un dogma, una verdad oficial, son fórmulas autoritarias. El liberal, dice Reyes Heroles, no busca la paz ideológica total, pues esto equivaldría a la servidumbre y al tedio. Paradójicamente, decir “Esta creencia es Verdadera” resulta la mejor forma de frustrar y erradicar el diálogo.Herramientas perfectibles, las definiciones y conceptos son de naturaleza democrática, puesto que su indagación está abierta al público razonante. El dogma tiene más eficacia y poder de convocatoria que las siempre provisionales verdades de la ciencia, pues se apodera de la imaginación, suprime el intelecto y cercena la crítica. Su poder es inmenso: domina no los cuerpos, sino las mentes.Toda creencia puede volverse dogmática e ideológica. Incluido el liberalismo: tengo para mí que el libertarianismo actual es la forma dogmática del liberalismo económico y que “¡Viva la libertad, carajo!” no es la consigna de un amante de la libertad, sino el grito de un fanático sediento de un Absoluto.Quien desee ser libre no debe buscar dogmas ni verdades irrefutables. Ese es el primer paso, dice Federico Reyes Heroles, para asumir una verdadera conciencia liberal: una que entienda que, en una gran cantidad de asuntos, la racionalidad científica es nuestra mejor guía.Criticar un dogma —fuente de innumerables atrocidades, persecuciones y sufrimientos— es cuestionar el poder de quien se beneficia de él. Para ello, es preciso una rebeldía liberal y un raciocinio crítico. En suma: combatir un dogma es afirmar el valor de la responsabilidad personal, porque el dogma es, al fin y al cabo, producto del deseo de dominar al otro y del miedo a la libertad.