La tendencia al revisionismo histórico es un fenómeno típicamente occidental y de consecuencias trascendentales. Este movimiento, sin embargo, comporta dos líneas: por un lado, el revisionismo ideológico que pretende ajustar el pasado a las preocupaciones del presente, alterándolo, manipulándolo o negándolo porque así conviene a los intereses de este o aquel grupo de poder en el momento actual. Lo vemos, por ejemplo, en esa absurda pretensión de “limpiar” o “maquillar” los aspectos más lamentables y dolorosos de la invasión europea de América en el siglo XVI, o de negar los aspectos que fueron positivos.En el plano positivo, el revisionismo histórico busca justamente adecuar nuestra visión del pasado a la luz de los nuevos hallazgos que en materia de investigación historiográfica se van teniendo en la medida en que nuevos datos, objetos o archivos se van abriendo o localizando.Desde principios del siglo XX, pensadores europeos de línea marxista dieron impulso a una nueva versión de este sistema, ya no tanto enfocado en las cuestiones económicas, sino en las culturales; sus propuestas de lucha ideológica serán finalmente asimiladas por una infinidad de universidades, partidos políticos y centros culturales del mundo capitalista, hasta constituir un extraño endriago: el mundo capitalista y secularizado defendiendo y propagando la agenda del marxismo cultural.Este marxismo cultural ha sido radicalmente negacionista de la civilización occidental griega, romana y cristiana, a tal punto que en su larga historia solamente ve errores, crímenes, atropellos y oscuridad, e incluso todos los avances científicos, arquitectónicos, literarios y artísticos de nuestra civilización acaban siendo vistos como símbolos opresores que deben echarse abajo, en cuanto representativos de una cultura machista y patriarcal. Dejando de lado la conocida lucha de clases entre proletarios y empresarios explotadores, ahora la lucha es entre géneros: el género femenino oprimido y el género masculino opresor; entre la familia vertical y monolítica y la nueva familia abierta y versátil; entre el macho masculinista y los nuevos géneros liberados, una lucha que abomina la maternidad, el matrimonio y el concepto de esposa, reduciendo la relación entre géneros a la satisfacción eventual de necesidades más corporales que emocionales, sin compromiso y alerta a conjurar cualquier tipo de sumisión o anclaje, como sería permitirse el embarazo o dejarlo prosperar si sucede.Evidentemente, la pregunta obvia es: ¿este fenómeno es consecuencia natural de la evolución humana, o de un proceso de ideologización semejante a muchos otros que en la historia se han dado y cuyas consecuencias han sido tan terribles para la humanidad como las ideologías fascistas del siglo XX, el racismo nazista o los fanatismos medievales desbocados en su lucha por exterminar brujas y herejes?Los días santos son memoria del choque entre la ideología imperialista romana, el fanatismo judío y la inesperada presencia de otra forma de ver la vida y las relaciones del ser humano con la divinidad, la naturaleza y la sociedad, que superaba ampliamente las visiones sesgadas a las que somos tan propensos; es la memoria de un esfuerzo colosal por eliminar a aquel que reconciliaba en lugar de agudizar la confrontación, de aquel que ponía la vida por encima de los prejuicios hipócritas, la libertad humana por encima de la ideología, aquel que censuró el fanatismo y el recurso a las armas para hacer triunfar la propia opinión, aquel que cuestionó los desvaríos de la cultura, pero no la cultura misma, aquel que promulgó el tiempo de la gracia, no el de la violencia. Días santos que, más que sólo recordar, habría que asumir situándonos en la visión que Jesús tuvo de una nueva forma de vida en el mundo.