Se fue Jürgen Habermas, una gran voz que defendió la idea de que la democracia no puede sostenerse sin ciudadanos capaces de discutir en serio, disentir con razones y poner límites al poder. El filósofo alemán falleció este 14 de marzo de 2026, a los 96 años, dejando una obra decisiva para entender la relación entre derecho, legitimidad y vida pública.Su muerte ocurre en el momento en que hace más falta lo que él defendió. El mundo atraviesa una nueva era de concentración del poder, propaganda, polarización y guerra. La guerra en Irán ha vuelto a colocar a la fuerza militar, la lógica de excepción y la disciplina estratégica en el centro de la política internacional. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania continúa desgastando a Europa, mientras en Norteamérica y en varias democracias occidentales crecen las tentaciones autoritarias, el desprecio por los contrapesos y el impulso de resolver los conflictos complejos por la vía de la simplificación moral.Habermas dedicó su vida a defender la esfera pública. No la conversación banal, ni el ruido mediático, ni la manipulación de masas, sino ese espacio donde una sociedad puede explicarse a sí misma, discutir sus normas y decidir, con base en razones, cómo quiere gobernarse. Desde Historia y crítica de la opinión pública hasta Teoría de la acción comunicativa y Facticidad y validez, insistió en una idea central: el lenguaje no es solo un instrumento de poder, también puede ser un medio no violento de integración social. La democracia, en su visión, no es solo un mecanismo electoral; es una práctica de justificación pública. Esa idea hoy parece casi subversiva.Vivimos en tiempos de intentos de imponer la verdad única. No la verdad en sentido estricto, sino relatos cerrados que buscan imponerse sin discusión. Esa que no necesita demostrar; le basta con saturar. La que no quiere convencer; quiere alinear. La que se apoya en la velocidad, en la emoción, en la consigna. Aquella que convierte al adversario en enemigo moral y a la duda en prueba de deslealtad. En ese ambiente, la deliberación estorba. Preguntar incomoda. Pensar despacio se vuelve una forma de resistencia. Ésa a la que llamaba Habermas.Sabía que la barbarie no llega siempre con uniforme. A veces llega envuelta en simplificaciones, en obediencias fabricadas. Por eso se negó tanto a las nostalgias autoritarias como al relativismo complaciente.Su reflexión sobre el derecho sigue siendo muy útil. Habermas distinguía entre legalidad y legitimidad: una norma puede ser válida y poder imponerse, pero no por eso ser reconocida como justa o razonable por los ciudadanos. Para él, el derecho siempre vive entre la coerción y la justificación. Esa diferencia es clave en una época en la que muchos gobiernos creen que la fuerza del Estado basta para asegurar obediencia. Y no, no basta.Cuando la legitimidad se erosiona, la ley empieza a depender cada vez más del hábito, del miedo, de la costumbre o de la correlación de fuerzas. Y cuando una democracia pierde la capacidad de justificar públicamente sus decisiones, deja de formar ciudadanos y empieza a administrar adhesiones. Se conserva el cascarón institucional, pero se vacía el espíritu republicano.México debería leer este momento con especial atención.La guerra en Irán puede parecer lejana, pero sus efectos ya alcanzan otras regiones. En el plano internacional, fortalece una lógica de militarización, presión y excepcionalidad que afecta también a México. Para Washington, nuestro país es al mismo tiempo frontera crítica, socio comercial indispensable, plataforma manufacturera y foco de preocupación en materia de seguridad. Eso significa que, en un entorno global más duro, las presiones sobre México también tenderán a endurecerse: más exigencias en seguridad, más vigilancia sobre cadenas productivas, más intentos de subordinar la cooperación a criterios definidos unilateralmente por Estados Unidos.Frente a eso, el país necesita instituciones fuertes, con una conversación pública más seria. Porque la mejor forma de defender la soberanía es con legitimidad democrática, claridad jurídica, capacidad estatal y una ciudadanía capaz de distinguir entre propaganda y razón.Ése es el punto donde Habermas sigue interpelándonos. La democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes. Consiste en preservar las condiciones para que nadie monopolice la verdad, para que el poder tenga que justificarse y para que el derecho siga siendo algo más que un dispositivo de mando. En una época atravesada por guerras, algoritmos, fanatismos y relatos absolutos, defender el derecho a argumentar no es una ingenuidad académica. Es una necesidad política, a eso nos llamaba Habermas.luisernestosalomon@gmail.com