Domingo, 13 de Septiembre 2026

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Cinco Nombres

Por: Luis Ernesto Salomón

Cinco Nombres

Cinco Nombres

En el piso 107, un caballero bebía café mirando, absorto, la Estatua de la Libertad. La mañana era clara y, desde aquella altura, Manhattan parecía silenciosa: las avenidas eran líneas, los automóviles apenas puntos y el Hudson una franja luminosa. En el área de trabajo, Antonio Álvarez encendía los fogones; Antonio Meléndez preparaba la cocina; Leobardo López Pascual pensaba seguramente en los hijos que veía crecer solamente en las fotografías. Martín Morales Zempoaltécatl trabajaba ahí para reunir el dinero de una casa que soñaba.

Windows on the World era un lugar excepcional, donde coincidían quienes disfrutaban la mesa y la vista con los trabajadores que hacían posible esa experiencia memorable.

A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte, varios pisos debajo del restaurante. Todos quedaron atrapados.

Veinticinco años después, aquellas imágenes de las torres ardiendo son parte de la memoria universal. Pero hubo muchas otras que nunca vimos y algunas que preferimos no mirar.

En 2003, el periodista Tom Junod publicó un texto extraordinario: The Falling Man. Su punto de partida era la fotografía tomada por Richard Drew de un hombre que cae de la Torre Norte. Durante una fracción de segundo, su cuerpo parece perfectamente alineado con las líneas verticales del edificio. La imagen es perturbadora precisamente por su serenidad: un hombre, el edificio y el vacío. Parece una tragedia en silencio.

Durante años se trató de averiguar quién era. Una de las hipótesis apuntó a Jonathan Briley, trabajador de Windows on the World. Nunca pudo establecerse con certeza. Sabemos que murió, pero no sabemos su nombre.

Con los mexicanos que estaban allí ocurre algo distinto. De cinco conocemos su identidad y su destino. Pero eso conduce inevitablemente al misterio de otros mexicanos cuya historia quedó atrapada en la incertidumbre: desaparecidos cuyos nombres circularon durante meses, personas que sus familias buscaron inútilmente.

Una imagen resume ese misterio. Un cartel que hoy se conserva en el Museo del 11 de Septiembre, hecho a mano por la familia y los amigos de Martín Morales Zempoaltécatl, dice con letras enormes MISSING. Debajo aparecen su nombre, su edad —22 años— y el dato que podía permitir encontrarlo: Windows on the World, Tower 1, 106 Floor. El cartel fue colocado en los alrededores del hospital de St. Vincent, uno de los lugares a donde acudieron durante días quienes buscaban noticias de sus familiares.

Aquel instrumento de búsqueda terminó convertido en testimonio de memoria. Antes de que el nombre de Martín quedara grabado en bronce en el monumento a las víctimas, junto al de los otros cuatro, estuvo escrito sobre una hoja de papel cargada de esperanza.

Antonio Javier Álvarez tenía 23 años. Aquella mañana había llegado a trabajar a las seis y media, antes de lo habitual, porque había un evento especial. Estaba casado y tenía un hijo pequeño. Antonio Meléndez había emigrado desde Puebla. Tenía esposa e hijos y llevaba años trabajando en las cocinas de Windows on the World. Leobardo López Pascual era también poblano. Su esposa y sus cuatro hijos permanecían en México. Él les enviaba dinero, ropa y zapatos. Ellos le mandaban fotografías. Martín Morales Zempoaltécatl tenía 22 años y había salido de Santa Catarina Ayometla, Tlaxcala. Quería aprender inglés, ahorrar y regresar algún día para construir una casa.

El quinto nombre era Juan Ortega Campos, originario de Morelos. Hacía entregas de comida en el complejo del World Trade Center. Vivía modestamente en Brooklyn, enviaba dinero a su familia y soñaba, igual que Martín, con comprar un terreno y levantar una casa.

En los años posteriores al atentado, el Consulado de México llegó a registrar dieciséis mexicanos muertos o desaparecidos relacionados con aquella mañana. Sobre los demás quedaron expedientes incompletos, testimonios familiares, nombres que aparecieron en listas iniciales y la dificultad de documentar las vidas de personas que, en muchos casos, se movían en los márgenes de los registros oficiales.

No sabemos con la misma claridad qué ocurrió con todos ellos.

Veinticinco años después, el hombre de la fotografía de Richard Drew continúa cayendo ante nuestros ojos y seguimos sin saber cómo se llamaba. De cinco mexicanos conocemos los nombres que ahora honramos. De otros quedaron dudas, listas incompletas y familias que durante demasiado tiempo esperaron una respuesta.

Recordarlos ahora quizá sirva para impedir que una tragedia termine por convertir a las personas en cifras. O, peor aún, en desaparecidos.

Porque aquella tragedia, ocurrida en Nueva York, también fue nuestra.

luisernestosalomon@gmail.com
 

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