Todo el camino, toda la planeación y todo el desgaste conducen a este punto: noventa pies, un estadio lleno y una oportunidad histórica que no admite titubeos.Charros de Jalisco llega a la final de la Serie del Caribe con argumentos deportivos y anímicos suficientes para pensar en la coronación. No es un finalista circunstancial ni beneficiado por la localía: es un equipo que se fue construyendo torneo a torneo, que entendió el momento, que corrigió a tiempo y que hoy aparece sólido, maduro y competitivo.El punto de partida fue claro: coronarse en la Liga Mexicana del Pacífico con autoridad, barriendo a Tomateros en la final y dejando en evidencia una estructura equilibrada, con pitcheo oportuno, ofensiva distribuida y manejo adecuado del bullpen. Ese título no fue un accidente; fue la consecuencia de una planeación que supo reforzarse sin romper el núcleo del equipo.Para la Serie del Caribe, Charros ajustó con mesura. Refuerzos puntuales, sobre todo en brazos, sin deformar la defensiva ni alterar roles. Se apostó por profundidad antes que por nombres rimbombantes, por equilibrio antes que por protagonismos. Ese enfoque permitió que el equipo mantuviera identidad y ritmo desde el inicio.El debut ante República Dominicana dejó una lectura clara. Charros perdió, sí, pero sin verse inferior. Fue un juego cerrado, decidido por detalles, en el que incluso dejó ir oportunidades claras de ampliar la ventaja. No hubo dominio quisqueyano ni una brecha evidente. Más bien, quedó claro que ambos equipos estaban destinados a cruzarse cuando el torneo se definiera de verdad.A partir de ahí, Charros creció. Venció con solvencia a Panamá, blanqueó a Puerto Rico, superó a Tomateros en el duelo fratricida y cerró la fase de clasificación como uno de los equipos más consistentes del certamen. El pitcheo respondió, la ofensiva apareció en momentos clave y el bullpen mostró capacidad para sostener ventajas.La semifinal fue exigente. Ganada con esfuerzo, con tensión y con carácter. No fue un trámite, pero sí una prueba superada que dejó al equipo henchido, consciente de su capacidad y listo para el último paso. Charros llega a la final no solo clasificado, sino fortalecido.Ahora viene el reto mayor. Jugar en casa siempre es ventaja, pero también presión. El Estadio Panamericano de la colonia Tepeyac estará lleno, con una afición entregada, pero también con una presencia importante de seguidores de Tomateros, que han acompañado a su equipo durante todo el torneo. El ambiente será intenso. El margen, mínimo.Por eso la consigna es clara: jugar con el corazón, sí, pero con inteligencia, estrategia y cabeza fría. El reto comienza en la banca. Benjamín Gil debe dirigir sin altanería, sin cuentas emocionales, sin permitir que el pasado pese más que el presente. Aquí no se gana con gestos ni discursos, sino con decisiones quirúrgicas.En el terreno, el pitcheo de apertura debe marcar el tono. El bullpen debe estar listo desde la primera entrada. La banca completa debe estar disponible: corredores emergentes, ajustes defensivos, turnos clave, Gil debe buscar desde el primer momento hilvanar anotaciones y asegurar evitar errores y jugar con toda fineza a la defensiva con béisbol de alta escuela y no solo buscando ganar a garrotazos. Este es un juego para usar todo el roster. Todo el conjunto debe estar listo para dejar todo en el diamante.Charros tiene con qué coronarse. Tiene embalaje, consistencia, jerarquía y localía. Pero la Serie del Caribe no premia al favorito, sino al que mejor ejecuta bajo presión. La oportunidad es histórica. El escenario es inmejorable. Ahora toca demostrar que el camino recorrido no fue casualidad, sino preparación para este momento.La mesa está servida. Charros tiene con qué ganar y con quién hacerlo. Ahora solo falta lo más difícil: ejecutar sin soberbia, competir con cabeza fría y convertir la ilusión colectiva en un título que trascienda generaciones. Hoy no se juega un partido: se juega la historia.Es un solo juego.Es en casa.Es el sueño dorado.@salvadorcosio1 bambinazos61@gmail.com