En todas partes, el poder tiene una fuerza descomunal para convertir en adictos aun a los políticos más sanos; esta verdad en México adquiere especial relevancia y puede derivarse de diversas causas.La necesidad patológica de sentir que valemos ejerciendo el poder va muy ligada a nuestra herencia cultural carencial, lo cual genera el aferramiento al cargo, así sea ínfimo.La sobrestimación de las capacidades propias, del partido o de la ideología que se sigue, que lleva a pensar que la persona, el partido o la ideología son únicos e irrepetibles.La utilización de estas dos explicaciones como simple disfraz de la ambición personal, al margen de cualquier otro bien común que se diga buscar. De hecho, en México rara vez un político o líder sindical que tuvo poder quedó sin dinero; lo prueba el hecho de que todos acaben viviendo en las colonias de mayor nivel, dentro o fuera del país.Por lo mismo, lo que observamos que está ocurriendo hoy con el partido Morena no es sino una reedición de lo que hemos vivido toda la vida, particularmente a partir de la visión de Plutarco Elías Calles, quien, incapacitado para volverse dictador, porque se habría visto muy mal, pretendió serlo desde bambalinas, con éxito relativo. Fue después de ese intento que los políticos del momento cayeron en la cuenta de que, en adelante, la única dictadura posible sería la de un partido que siempre ganara, sin que eso afectara la definición democrática de México. Setenta años gobernó el PRI, convirtiendo la vida política democrática nacional en la ficción más exitosa de América Latina. El cambio de los tiempos llevó a ciertos arreglos, a veces no otra cosa que maquillajes, como la multiplicación asistida de los partidos, las candidaturas plurinominales, los debates encarnizados en las cámaras, pero, a fin de cuentas, novelados, y una Suprema Corte que, al parecer, hasta ahora debe seguirse escribiendo con minúsculas. Sin discusión creíble, todas las fuerzas vivas de la nación, públicas y privadas, se acomodaron al sistema y le sacaron provecho.Viene luego la novedosa, publicitaria e ideológica cuarta transformación, que o no sabía contar o manejaba un concepto de transformación bastante discutible, pero que combina a la perfección todas las características aquí señaladas, incluyendo de manera particular su bien aprendida lección de que debemos volver al esquema de partido único, pues es el único esquema que garantiza la acumulación del poder y del dinero de manera estable y sin sobresaltos. ¿Y la lucha por la democracia? Para comenzar, ningún partido de izquierda que se respete ha sido jamás democrático, aunque varios han llegado al poder haciendo uso de la democracia. Por lo mismo, no es que nos estén llevando a ningún caos ni a ningún desastre, simplemente nos están regresando a la perdida senda del partido único, cambiando del alegre cromatismo tricolor al guinda, que es más serio, aunque implique la combinación del rojo con el negro, que tan bien supo mezclar el PRI, sin que se notara.El sexto sentido político de los mexicanos amantes del servicio público y sus muchos dividendos rápidamente identificó por dónde está, no el futuro de la patria, sino el suyo propio, y, si por un lado muchos grandes empresarios se hicieron enemigos de Morena, no por amor a la multicitada patria, sino por ver comprometidos sus intereses, de igual manera muchos otros ciudadanos ya vieron por dónde va el camino y lo siguen con entusiasmo.Lo que está de nuevo perdiendo una batalla, que a lo mejor ya nadie lucha, es la democracia, la aspiración a tener un país genuinamente democrático, sea porque los que en el pasado reciente la defendieron lo hicieron nomás por encimita, sea porque, para buena parte de la comunidad mexicana, lo último que importa es el sistema político, ya que todos han sido falsos, meros escaparates por lograr lo que de verdad se busca: el poder y el dinero; esto también es “realpolitik” en versión individualizada.armando.gon@univa.mx