México acaba de abrir una ventana en medio de un ambiente nacional cargado de humo denso. La firma de los acuerdos con la Unión Europea, el viernes pasado, es una señal de rumbo. Dice hacia dónde quiere caminar el país, qué margen quiere construir y qué lugar pretende ocupar en el mundo. Y ocurre en un momento decisivo: bajo una presión candente de Estados Unidos, cada vez más dispuesto a atizar el fuego en el combate al crimen organizado, sus finanzas y sus redes de protección política, policial y empresarial.Los acuerdos son relevantes porque oxigenan oportunidades reales para ampliar el comercio a ambos lados del Atlántico. Pero su alcance va más allá de vender y comprar. Frente a un Washington más proteccionista, más exigente y más dispuesto a utilizar el comercio, la seguridad y la justicia como piezas de una misma estrategia, México manda un mensaje inequívoco: quiere seguir siendo socio indispensable de Estados Unidos, pero sin quedar reducido a país dependiente de una sola conversación.La oportunidad política es evidente. La próxima semana llegará a México el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, para iniciar una ronda decisiva vinculada a la revisión del T-MEC. No será una visita técnica. Será la antesala de una negociación dura, en la que Washington buscará endurecer reglas de contenido regional, cerrar espacios a triangulaciones y presionar sobre China, acero, aluminio, autos, energía, frontera, fentanilo y seguridad económica. La pregunta de fondo será directa: si México es visto como socio confiable, plataforma productiva integrada y aliado estratégico, o como punto vulnerable de entrada para intereses ajenos a la región y para redes criminales que contaminan la economía formal.En ese tablero debe reconocerse la visión y el trabajo de Marcelo Ebrard al frente de la Secretaría de Economía, convertido en artífice del acuerdo largamente negociado con Europa y en interlocutor confiable de alto nivel frente a Estados Unidos. Su papel se vuelve todavía más relevante en medio de tensiones y de un fuego político interno que, demasiadas veces, ha fabricado problemas donde no los había, atizando brasas que deberían estar apagadas.La visión de altura del acuerdo con la Unión Europea va más allá del comercio. El Acuerdo Global Modernizado incorpora compromisos sobre principios democráticos, derechos humanos, Estado de derecho, cooperación institucional y gobernanza transparente. No son adornos: son candados oportunos frente a las tentaciones de concentrar poder, debilitar contrapesos, politizar la justicia o convertir una mayoría electoral en permiso para ocuparlo todo. También son una respuesta indirecta a una exigencia cada vez más clara de nuestros socios: sin Estado de derecho no hay inversión confiable, y sin justicia efectiva no hay seguridad económica posible.La confianza económica nace de la certeza de que las reglas no se cambiarán por capricho; de que las inversiones no quedarán sometidas a decisiones discrecionales; de que los tribunales podrán resolver con independencia; de que los contratos serán respetados; y de que los derechos no dependerán del ánimo del poder. Pero nace también de la certeza de que el Estado no está capturado, de que las aduanas no son botín, de que las policías no sirven a poderes paralelos, de que los gobiernos locales no protegen a delincuentes y de que la economía formal no será usada para lavar el dinero de quienes han ensangrentado al país.Y aunque el acuerdo con Europa no mencione expresamente el fantasma del narcotráfico, ese fantasma se pasea sobre sus páginas. De una forma u otra, los compromisos de Estado de derecho, cooperación institucional, seguridad, transparencia y derechos humanos coinciden con una necesidad inaplazable: desmantelar las redes criminales completas. No sólo capturar operadores, sino seguir el dinero, cortar la logística, rastrear precursores químicos, desmontar empresas fachada, cerrar rutas aduaneras, exhibir complicidades locales y romper vínculos políticos. La revisión del T-MEC ocurrirá bajo esa sombra. La seguridad dejó de ser un expediente separado: ya forma parte de la conversación comercial, de la confianza inversionista y de la viabilidad misma de la integración norteamericana.La visita de Greer será una prueba de temple. La parte mexicana tendrá que escuchar, negociar y defender sus intereses sin estridencia. Deberá demostrar que puede ser socio confiable de Estados Unidos sin renunciar a una política económica propia. Pero también deberá acreditar que está dispuesta a limpiar las zonas grises donde se cruzan crimen, política y economía. La firma con la Unión Europea es una bocanada de aire fresco porque amplía el horizonte justo cuando aumenta la presión.La prueba verdadera será demostrar que México no sólo sabe firmar acuerdos, sino convertirlos en destino; no sólo sabe invocar el Estado de derecho, sino vivir bajo sus reglas; no sólo sabe prometer combate al crimen, sino desmantelar las redes que lo protegen; no sólo sabe abrir ventanas al mundo, sino limpiar el humo denso de la casa propia. Y tendrá que suceder pronto, porque el humo viene de un fuego innecesariamente alimentado desde dentro.luisernestosalomon@gmail.com