Domingo, 01 de Noviembre 2026

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Agua, mal y síntoma

Por: Augusto Chacón

Agua, mal y síntoma

Agua, mal y síntoma

A lo mejor el cambio político del que estamos necesitados puede inaugurarse por la vía jurídica; el paso a esta vía quedó entreabierto por la crisis de agua que padece el área metropolitana de Guadalajara. En una sociedad democrática que persiguiera con denuedo sus ideales, justicia, libertad, derechos, la política sería el tablero sobre el que esa persecución sucedería. Sólo que por dejarla a merced de quienes la ejercen profesionalmente goza de muy mal prestigio; a quienes no les importa cargar y asumir para sí ese desprestigio, se les otorga el poder de los cargos públicos, el de manejar los presupuestos, tomar solas, solos las decisiones que afectan a todos, el de aliarse pragmáticamente, para su beneficio personal, con quien sea (pero no es el momento de desviarnos al crimen organizado).

Si la política, como reza el diccionario es el arte o doctrina u opinión referente al gobierno de los estados (y para gobernar bien es menester dirimir los diferendos, aceptar la crítica, armonizar lo diverso y proponer fines benéficos y comunes) pero al mismo tiempo es también la actividad de las y los ciudadanos cuando intervienen en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo (este “cualquier otro modo” supone eso: todo, salvo lo ilegal), queda claro que una muda en las formas y en la esencia de la política sería trascendente; es decir, si queremos cruzar la frontera del territorio al que estamos confinados: el de la coyuntura, donde maquillan al esperpento cada que nos agrede (con la crisis del agua, con las violencias, con la corrupción) para salir del paso; nomás para que andando el tiempo el maquillaje se le escurra y los políticos corran otra vez, neceser en mano, a aplicarle discursos, colorete, una peluca nueva, le compren un reloj vistoso y zapatos para hacernos sentir, otra vez, que ya, que ahora sí: la buena vida.

La contribución externa a este deporte de las y los políticos es que nos escandalizamos muy de cuando en cuando por las consecuencias de sus andanzas. ¿Hemos destacado lo suficiente que el agua de Guadalajara que debería ser potable llegó al pico de sus crisis sucesivas porque al canal que la conduce a la planta potabilizadora más importante recibe aguas negras? Perdón, “residuales”; aguas desecho de industrias, agroindustrias, de baños de miles de casas y negocios. Es así por corrupción, por falta de vigilancia y de decencia. Aguas negras vertidas intencionalmente al canal desde el que se surte buena parte del agua que usan los habitantes de Guadalajara. ¿De qué calibre es el crimen? Esto es más sencillo de responder que lo siguiente: ¿de qué tamaño es nuestra indignación?

El remedio se parece a aquello que se dice a los niños cuando lloran, mientras se les acaricia tiernamente: ya, ya, ya… sucedió en el Salón de Tesorería de Palacio Nacional hace unos días: la Presidenta y el gobernador de Jalisco tomaron al esperpento, prometieron untarle veinticinco mil millones de pesos, lavarle la cara, ponerle canalitos nuevos y contenciones para que no les llegue el agua podrida que vierten los malcriados. En unos añitos quedará como nuevo, ya verán: corte de listones, ¡videos!, en medio de chorros de agua cristalina y lo mejor: el legado de López Obrador bien servido (lo dijo la Presidenta, lo dijo el gobernador): la presa El Zapotillo, que equivale al relojote nuevo del esperpento. Lo que de este lado de la coyuntura podemos anticipar es que las condiciones políticas que propiciaron la crisis del agua todavía permanecen intocadas.

A menos que el poder político vigente, si en verdad está en las autoridades legítimas, decida dar con los responsables, directos e indirectos, de ese crimen de dimensiones cósmicas y presentarlos a rendir cuentas, comenzando por las legales. Ciento cincuenta descargas ilegales, es la versión oficial, ¿podremos saber cuáles ayuntamientos-fraccionamientos, empresas, industrias (formales e informales) y autoridades que lo permitieron? Años de escaso si no es que nulo mantenimiento de la infraestructura. El organismo operador del agua (SIAPA) esperpento en sí mismo. Una presa, El Zapotillo, que dará agua carísima, las cifras son de Diego Petersen: ha costado, a la fecha, cincuenta mil millones de pesos, aportaría 8.3 metros cúbicos por segundo, luego de la intervención política (en alguna medida por no inundar pueblos, en otra por demagogia) enviará 0.6 metros cúbicos por segundo, trece veces menos de lo esperado: el metro cúbico más caro de la historia del país, dice Diego. Y las secuelas de tanto mal manejo: enfermedades, merma significativa de la calidad de vida para muchas personas, más lo ocurrido en las dos marchas en los que las y los ciudadanos ejercieron la política según les corresponde para interpelar a las autoridades: represión en la primera, con actuación deleznable de policías de corporaciones estatales y municipales, hasta de bomberos y la Fiscalía; y el dejar hacer en la segunda: la fuerza pública de brazos caídos ante delitos evidentes que con estrategia pudo haber impedido, respetando los derechos humanos. ¿Basta dar al esperpento chicles para el mal aliento, basta peinarlo y hacerle manicure?

Estamos en un punto de quiebre para el estado de derecho, para la política, para la confianza y para la posibilidad de planear la urbe de cara y con la gente, para provecho de todas, de todos y del medio ambiente. Si tomáramos la vía jurídica (lo que supone un Poder Judicial que aún no tenemos) atenidos a que el ejemplo es lo único que modifica actitudes, ejemplo que los gobernantes están obligados a dar, rescataríamos la política como el campo de juego de la democracia, de la libertad, de la igualdad, los derechos y la justicia; o el esperpento y sus manipuladores seguirán imponiendo su noción de política: el arte de comer mierda sin hacer gestos, banquete al que históricamente hemos estado convidados.

agustino20@gmail.com
 

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