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Martes, 20 de Noviembre 2018

Ideas

Ideas | Estas ruinas

Vámonos al concierto

Por: Antonio Ortuño

En el Roxy. Una de las bandas que vi en este mítico recinto fue a La Maldita Vecindad. EL INFORMADOR/ ARCHIVO

En el Roxy. Una de las bandas que vi en este mítico recinto fue a La Maldita Vecindad. EL INFORMADOR/ ARCHIVO

Los primeros conciertos de rock a los que asistí en la vida no me costaron nada. Se celebraron en la explanada (ahora un auditorio cerrado) de la Expo Guadalajara, durante la FIL, y acabaron en trifulca general (por eso cancelaron los espectáculos allí por años).

Me divertí como nunca y decidí que ver música en vivo sería una de las principales actividades de mi vida. Luego la cosa se puso complicada, pero en fin. Ya con boleto pagado, porque nunca tuve valor para colarme o sumarme a los portazos, asistí a todo tipo de lugares, algunos que parecían salones de baile (los peorcitos) y otros, sensacionales, que se estaban cayendo a pedazos: la pista de hielo del (entonces) Hotel Hyatt, el mítico Ricks, el mítico Ciro’s, el aún más mítico Roxy, la Concha Acústica del parque Agua Azul, el foro de las Fiestas de Octubre, un lugar sobre avenida Madero del que varias veces nos corrió la Policía (por ir, según el caso, greñudos o rapados), el Fantasía, el Babel, Les Fleurs du Mort, el casino de Las Vías (que en los carteles solía aparecer con la exótica ortografía de Laz Biaz), algunos barecitos ya difuntos sobre avenida Vallarta, el Hard Rock… En años más recientes, el Foro Alterno, Calle 2, la VFG, el Diana, el Telmex, el C3, el Foro Independencia y el Andén (aún flamante). Seguro que he omitido varios, porque llegué a ver bandas estupendas en casas particulares, en cafecitos sin demasiada personalidad y en bares horrorosos y lejanos cuyos nombres francamente no se me grabaron. Y bueno, una prima me llevó alguna vez, de niño, a la Peña Cuicacalli, para oír a no sé qué trovero reivindicativo, pero eso lo borré de mi memoria hasta hace cinco minutos. Ay.

Alguna vez casi me descalabran, en el Roxy, en mitad de un festival de ska. Otra, en las Fiestas de Octubre, milagro que no me matara, porque varios intentamos treparnos a unas vigas, altísimas, para ver a la Maldita Vecindad, pero la policía, por una vez sensata, nos hizo bajar (y después huir de los macanazos). Por tener gripa, no pude asistir a una tocada en la que Carlos Rivolta, el bajista de un grupo catalán llamado Dusminguet, se electrocutó frente a mis amigos. Y por no interesarme la banda en la que cantaba entonces (ya no me acuerdo que pretextó le di a la amiga que se afanaba por llevarme), me perdí la noche en que Bunbury le asestó un microfonazo a un espontáneo que se lo quería arrebatar en pleno escenario del Roxy.

A cambio de esto, me ha tocado ver cosas rarísimas, como a un par de orates que se pusieron a cavar agujeros, como si fueran tuzas, sobre la cancha del Estadio 3 de Marzo, cuando se celebró en él un concierto de la gira de reunión de Soda Stereo, mientras la banda tocaba. O el pleito, a gritos y guantazos, entre el cantante de Masacre 68 y un asistente a su última tocada en la ciudad, hace ya unos años, porque el tipo llevaba la playera de un grupo que al músico le parecía fascista.

Ahora, lo confieso, me siento avejentado y me cuesta salir de casa. Lo haré el próximo jueves 16 de noviembre y solo porque viene a Guadalajara una espléndida banda uruguaya, llamada Trotsky Vengarán, que tiene un punch y un estilo que para todo seguidor del rocanrol de los Ramones o The Clash, como yo, es una gozada absoluta. Tendrá lugar, pues, el día 16, en el Anexo Independencia (junto al Foro del mismo nombre, en Epigmenio González 66), a partir de las 7. Desde ahora sé que este nuevo capítulo en mi expediente de conciertos será luminoso.

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