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Lunes, 19 de Noviembre 2018

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Una de tres

Por: Gabriela Aguilar

Una de tres

Una de tres

Una de cada tres mujeres sufre de acoso laboral en México. Al menos eso es lo que señala el INEGI. Eso significa que en los espacios de trabajo hay quienes creen que es razonable hacer comentarios sobre la forma en la que nos vestimos, propinar una que otra nalgada, violarnos o terminar con nuestra vida. Así: de menor a mayor. No es exagerado, aunque muchas veces quieran hacernos creer que sí.  ¿Quiénes son los agresores? El INEGI coloca en primer lugar a los compañeros de trabajo y en segundo a los jefes.

Cada vez son más las que denuncian, pero con estos números es importante pensar en todas esas mujeres que continúan sin decir nada porque no saben que son víctimas o no quieren más problemas. Una se enfurece de pensar que vivimos en sociedades en las que es mejor callar el abuso para evitar hacer más grandes las circunstancias de incomodidad, porque una mujer que denuncia se enfrenta a la posibilidad de que su agresor la amedrente, a que la justicia la ponga en duda o a que las personas cercanas la juzguen.

La semana pasada se dio a conocer la noticia de la renuncia de la titular de Movilidad del Estado de Colima. Gisela Méndez no aguantó más de dos años al frente de esta dependencia debido al acoso que padeció por parte de transportistas. Recibió difamaciones, amenazas y agresiones físicas. Ahora dice estar cansada de eso. Su día a día se trató de probar que era la persona más apta para ese puesto, que podía negociar con otros intereses y lograr los objetivos de la administración en turno. Esa es la batalla que libran muchas mujeres en sus espacios profesionales. No es suficiente con hacer bien el trabajo, también hay que encontrar formas de validarlo ante los demás.

En el caso de Gisela hay una presión extra, que es la de estar en el gobierno y en un puesto de liderazgo. Parte de lo que declaró la ex secretaria es que un taxista quiso incluso estrangularla. Pensé qué hubiera pasado si esta situación le hubiera ocurrido a nuestro secretario de Movilidad, Servando Sepúlveda. Lo más probable es que ese mismo taxista no habría tenido el valor de intentar algo así. Para muchos la razón es simple, porque el problema es que se metió a un trabajo que no es para mujeres. Eso es justo lo que no puede seguir pasando. No hay argumento lo suficientemente bueno como para avalar ese tipo de conductas que solo demuestran que las mujeres son entendidas como seres inferiores en muchos ámbitos en los que se desarrollan.

El caso de Gisela Méndez deberá servirnos a las demás para tomar vuelo, esto es a denunciar cuando seamos una de esas tres que se encuentra en la situación de acoso laboral, y a ser solidarias con quienes denuncian también.

(puntociego@mail.com)

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