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Miércoles, 21 de Noviembre 2018

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Un marido modelo diccionario

Por: Paty Blue

Un marido modelo diccionario

Un marido modelo diccionario

Muchas son sus cualidades y atributos, a saber: es un varón inteligente, bien parecido, prudente, generoso y de buen decir que expresa a través de una virtuosa voz de locutor de los de antes, con todo y licencia. De charla interesante y sólidamente documentada, es un individuo informado, juicioso, de mente abierta y opiniones cerradas a la charlatanería y a las creencias sin fundamento científico.

Pero, sin duda, su mayor gracia y la más preclara muestra de su dotada inteligencia es haberse matrimoniado con una mujer como yo, de nuevo a saber: de aceptable raciocinio, no muy bonita, imprudente, irreflexiva, impetuosa, medio coda con su tiempo y de palabra tan abundante como desbocada, que no conoce freno a la hora de expresar lo que piensa y siente, aunque no falte quién se sienta por tal motivo.

Para abundar en mi ocioso currículum, no académico ni laboral, sino aquél con el que cargo para enfrentar los retos de la cotidianidad, hasta ahora, el sentido común y el sentido del humor me funcionan con cierta solvencia y echo mano de ambos como invaluable herramienta que me ha sacado de problemas (y me ha metido en otros tantos).

Debo, no obstante, admitir que la curiosidad me ha salvado de parecer un asno en tiempos de la colonia (y hasta doy el gatazo de persona medio culta y enterada), porque me da por hurgar sobre temas, personajes y sitios que se me aparecen en cualquier medio, pero con igual convicción concedo que cuento con varias e insalvables lagunas en las que mi ignorancia chapalea a sus anchas, y ni el mínimo prurito de pudor me escuece asumirlo para encontrarle solución, porque para eso tengo un brillante marido modelo diccionario, al que puedo acudir y exponerle mi galopante inopia, sin temor a ser severamente reconvenida y resultar, en cambio, amorosamente instruida.

El prontuario de mi analfabetismo práctico, sin duda, lo encabeza la geografía que, ni con el despiadado y costoso tambache de mapas que me obligaron a trazar y colorear desde la primaria, me ayudaron a tener la más remota idea de en qué hemisferio o coordenadas del globo terráqueo estoy parada, o como hacia dónde queda Colotlán o hacia cuál continente parto carrera si quiero llegar a Dubái. Ahí es donde la paciencia de mi cónyuge se manifiesta en todo su sapiente esplendor, para ilustrarme y conjurar mi oscurantismo cartográfico y despejar mi supina incompetencia al respecto.

Trátese de tan peliagudo asunto o de cualquier evento relacionado con la historia local, regional, nacional o mundial, amén de política y personajes que la han contaminado desde los orígenes mismos de la civilización, se revela mi ínclito gurú personal para domeñar mis rudas entendederas y hacerme llegar a la socrática conclusión de que “solo sé que no sé nada y, al saber que nada sé, algo sé” y le pido ayuda para enterarme. Empero, por hoy, mi bienquisto y docto mentor en la vida y el amor me falló cuando no pudo erradicar mi enciclopédico atraso para entender qué es un “chairo”. Si alguien me puede hacer el favorcito de explicármelo, se lo voy a agradecer “bien mucho”.

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