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Viernes, 14 de Diciembre 2018

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Un abrigo colgando de una percha

Por: Rosa Montero

Un abrigo colgando de una percha

Un abrigo colgando de una percha

Humanizamos los objetos, los dotamos de significado, los convertimos en fetiches. Son flotadores que impiden que las aguas del tiempo arrasen con todo.

El otro día conocí a una chica estupenda de veintitantos años, periodista de radio. Me comentó que había leído mi libro “La ridícula idea de no volver a verte”, que trata, entre otras cosas, del tema del duelo, y a raíz de eso, en uno de esos raros y bonitos momentos de intimidad instantánea que a veces se producen, me contó que acababa de romper con su pareja, con la que llevaba cinco años. Hablamos un rato sobre ello y añadió: “Creo que es más duro tener que despedirse de alguien que sigue por ahí andando que de alguien que se ha muerto”. Yo, que he vivido ambas situaciones, pienso que es mucho peor la muerte de alguien querido, pero entiendo que ella se encontraba aún con la herida sangrando. Los duelos son los duelos, son un desfiladero de dolor que no hay más remedio que atravesar, un camino que es necesario recorrer paso tras paso para llegar al otro lado. Y lo que sí es cierto es que, si el otro o la otra continúan en efecto en este mundo, es necesario acabar primero con toda esperanza de continuar la relación, es necesario matarlos mentalmente para poder empezar el viaje.

Se trata de un trayecto que conviene tomárselo con calma, porque la vida es una sucesión de duelos. Unos más grandes, otros más pequeños. La existencia nos va mordisqueando y hay que despedirse muchas veces. De amores, de amigos, de animales domésticos, de casas, trabajos, aficiones, incluso de partes o funciones de nuestro organismo, desde el pelo en los calvos hasta la salud perdida. Cuesta aprender a desprenderse de lo que uno fue, de lo que uno vivió; si la merma es muy grande, hay que reinventarse (yo ya voy por la cuarta o quinta vida). Supongo que esa tendencia a acumular que tenemos los humanos, esa manía de guardarlo todo que va atiborrando nuestras casas y que puede llegar a la extrema patología de vivir rodeado de basura, como los enfermos del síndrome de Diógenes, es un intento vano e inconsciente de detener el fluir de los años, que se lo lleva todo. Nos aferramos a los objetos mientras la existencia se nos escapa entre los dedos como si fuera agua.

No puedo dar recetas para el duelo perfecto, no existe tal cosa. Cada cual se las arregla como puede. Por ejemplo, sé de viudos y viudas que mantienen el hogar común intacto, los objetos del muerto tal cual estaban, incluso las costumbres, el mismo lugar de vacaciones, los mismos restaurantes. En cambio yo, cuando murió mi pareja, Pablo Lizcano, di casi toda su ropa a sus hermanos y amigos, me mudé de casa, retapicé su sillón. Un frenesí. Y me da la sensación de que es algo que ni siquiera decides tú. Tu pena decide por ti y hay que seguirla.

Tengo una pareja de amigos muy queridos, los escritores Alejandro Gándara y Nuria Labari, que además están casados. Y ayer Nuria me contó algo que jamás me había dicho: al parecer, en el huracán de los primeros días del duelo, yo le di a Alejandro un abrigo de Pablo. “Le queda enorme, le queda grandísimo y jamás se lo ha podido poner, pero ahí lo tenemos en el armario”. En los nueve años que han transcurrido desde la muerte de mi marido, Nuria y Gándara se han mudado varias veces, y en todos los cambios de casa les ha acompañado ese abrigo gigante y tan vacío colgando modosamente de su percha, memento del amigo y tibio hueco. “En el último traslado mi madre me dijo: ‘¿No deberíais desprenderos de él de una vez?’, pero nosotros lo seguimos guardando”. Sí, así somos las personas, ya lo he dicho antes: humanizamos los objetos, los dotamos de significado, los convertimos en fetiches. Son pequeños flotadores que impiden que las aguas del tiempo arrasen con todo.

Me enterneció y divirtió mucho la anécdota del abrigo. Sólo imaginarlo allí, en la casa de mis amigos, abultando en la penumbra de los armarios como un invitado algo fastidioso pero al que se quiere tanto que se le perdonan las molestias, es algo que me dibuja una sonrisa en la cara. Y aún más: reímos Nuria y yo a mandíbula batiente mientras me lo contaba. O sea, reímos aunque la historia del abrigo es en realidad la historia de una ausencia. Esto es lo que me gustaría decirle a mi reciente amiga, la periodista de radio: la alegría es tenaz. Hay vida al otro lado del desfiladero. -eps

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