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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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Sonora trompetilla

Por: Paty Blue

Sonora trompetilla

Sonora trompetilla

Vaya desde ayer, desde aquí, por siempre y para siempre jamás, la más disonante, chirriadora y estentórea trompetilla al majadero tecolote trasnochado que hizo entrar en actividad una ruidosa alarma por mis rumbos, en punto de las 2:20 de la madrugada de un día hábil y particularmente aciago para una servidora.

Su artera y alevosa intervención, que acabó espantándome a Morfeo hasta cerca de las 3:30, me puso el adormilado pero muy mal genio en erupción, sobre todo cuando me empeñé una hora más en convocar desesperadamente a la deidad del sueño para que me acunara de nuevo entre sus brazos, al menos por los 90 minutos que me faltaban para completar mi ración de inconsciencia nocturna, antes de que mi rompe sueños particular me notificara que había llegado el momento de la regadera y el cafecito tempranero, infaltables para arrancar la faena cotidiana.

Por añadidura, quisiera hacer extensivo un recordatorio de progenitora, pero con intensidad y saña elevadas al cubo, al ignoto, tibio e indolente propietario del ensordecedor aparato que interrumpió abruptamente el descanso y detonó la vigilia de quienes residimos en sus cercanías, por hacer caso omiso del estridente llamado de atención que, a juzgar por la ausencia de una entidad que debiera acudir a tan flagrante reclamo, nunca se sabe a quién va dirigido, ni cómo pueda ser acallado por su dueño.

Algunos años ha, a partir de que las alarmas automotrices en cuatro tonos agarraron boga, comencé a rumiar la molestia que me provocaban tan estrambóticos artilugios que desataban su furia sonora a la menor provocación, sin que nadie se hiciera cargo de hacerlos volver al orden. Desde entonces tomé nota de la inutilidad de un artefacto que ni con la ruidosa escandalera que armaban, conseguían siquiera la atención de algún samaritano que se detuviera a detectar el posible origen de un probable desaguisado y asumí la ineficacia de un armatoste que, a pesar de los copiosos decibeles que desplegaba, no era percibido por su dueño que lo activaba antes de meterse al cine o a un estadio de futbol. ¿Para qué demonios programaban para que sonara lo que, de cualquier manera no llegaría a sus orejas, ni movería el mínimo interés de quienes ya lo habían integrado como elemento cotidiano en su paisaje auditivo urbano?

Finalmente acabé percatándome de la ignominiosa ineficiencia del citado cachivache cuando mi propio auto, dotado al arbitrio de quien me lo instaló con una de esas alarmas de cuatro tonos, cambió de dueño sin el consentimiento de su legítima dueña que a esas horas se batía en una acalorada contienda de boliche.

Más nos valdría, tal como lo reseña una definición sobre el nacimiento de la alarma electromagnética, “confiar en los ruidosos graznidos de los gansos, la fidelidad de los perros guardianes o las campanillas mecánicas que sirvieran para detectar la presencia de ladrones”, antes que el muy habilidoso Augustus Russell Pope, en Boston, instalara y patentara su invento en 1853. Aunque confieso que por hoy, el sonido destemplado de una alarma que va menguando con la potencia de la batería de un auto, ciertamente me enerva mucho menos que las rítmicas selecciones que programa, a todo e indecente volumen, la academia de Zumba frente a mi casa. Lo primero es eventual; lo segundo, para mi recochina suerte, retumba por todo el barrio, de 9 a 11 y de 18 a 21 horas, sin faltar un solo día, aunque sea festivo o, como decían mis ancestros, “días de guardar”.

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