Sábado, 10 de Abril 2021

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Puntos y comas

Por: Diego Petersen

Puntos y comas

Puntos y comas

¿Qué es más grave, que un presidente pida, exija, que una iniciativa preferente que ha enviado al Congreso se apruebe sin tocar ni una coma, o que diputados y senadores obedezcan ciegamente la instrucción? El dicho del presidente es un acto de autoritarismo, un desplante de poder nada deseable, pero podríamos decir que es normal en el ejercicio del poder. Por el contrario, la obediencia ciega de los diputados es un acto de sumisión de un poder a otro. No se trata de si son o no parte de un proyecto político, eso se sobre entiende, sino de la falta de respeto al poder mismo. El punto y la coma son la metáfora de la abyección.

El sufragio es un acto individual; el resultado y la conformación de gobiernos es un acto colectivo. Cuando escrutamos y contabilizamos todas las mesas dejamos de ser uno para convertirnos en nosotros. Así como al presidente lo elegimos todos, los que votamos por él y los que no votamos por él y generamos con ello un acuerdo de que dirigiera el país por seis años, a los diputados los elegimos para representarnos, para que sean nuestra voz para legislar, pero sobre todo para cuidarle las manos al Ejecutivo, revisarle las cuentas, autorizar los impuestos y vigilar el gasto, y a los senadores también los elegimos para legislar, pero sobre todo para representar los intereses de los estados ante la Federación. Aplaudir, apoyar, obedecer ciegamente y sólo levantar la mano traiciona el acuerdo básico que los llevó a las cámaras, traicionan el voto de todos.

Hacía muchos años que una iniciativa del presidente no se aprobaba sin modificación en ambas cámaras y que no teníamos un legislativo tan sumiso y débil

Hacía muchos años, desde el más rancio PRI, que una iniciativa del presidente no se aprobaba sin modificación alguna en ambas cámaras y que no teníamos un legislativo tan sumiso y débil. Al principio de esta administración Porfirio Muñoz Ledo en la Cámara de Diputados y Ricardo Monreal en la de Senadores, cada uno a su estilo, representaron el apoyo inteligente pero no servil del Poder Legislativo. A Porfirio lo anularon; cometió el peor pecado que se puede cometer en esta administración: tener ideas propias. Por su parte, Ricardo Monreal, en esa carrera insaciable por estar cerca de la mirada del líder, dobló las manos y se convirtió en el más obediente de los cortesanos. No son sólo los contenidos de ley del sector eléctrico, discutibles por su constitucionalidad, también las formas lo que lo dejan muy mal parado. 

No hay tirano sin sumisos. En la medida que diputados y senadores se han ido plegando al Ejecutivo, la independencia del Poder Legislativo va perdiendo sentido y nosotros el equilibrio básico de la democracia. El país de un solo hombre, dueño de todas las palabras, de todos los puntos y todas las comas no le beneficia a nadie, ni siquiera a la autodenominada Cuarta Transformación. 

diego.petersen@informador.com.mx

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