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Lunes, 09 de Diciembre 2019
Ideas |

Puerta grande para el rejoneador Diego Ventura

Por: Patricio Fernández Cortina

El rejoneador portugués Diego Ventura se llevó dos orejas después de su faena con un toro de regalo. EL INFORMADOR / F. Atilano

El rejoneador portugués Diego Ventura se llevó dos orejas después de su faena con un toro de regalo. EL INFORMADOR / F. Atilano

Leo Valadez tuvo una buena faena con su segundo de la tarde. EL INFORMADOR / F. Atilano

Leo Valadez tuvo una buena faena con su segundo de la tarde. EL INFORMADOR / F. Atilano

Luis David Adame sufrió con su lote. EL INFORMADOR / F. Atilano

Luis David Adame sufrió con su lote. EL INFORMADOR / F. Atilano

Domingo 10 de noviembre de 2019. Plaza de Toros Nuevo Progreso. Primera corrida de toros de la temporada. Alternaron el rejoneador portugués Diego Ventura, con los jóvenes toreros de Aguascalientes Luis David Adame y Leo Valadez. Para los rejones se lidiaron dos toros de La Venta del Refugio, más uno de San Isidro, que regaló Ventura, y de la ganadería de La Estancia para los toreros. Siempre he considerado, y no soy el único, que los toros de regalo son una afrenta a la suerte, una “burla” a lo que la suerte presentó para la corrida ordinaria, pues por unas monedas se hace salir de los corrales a otro toro para ver si cuaja lo que el oficio anhela. Pues ayer, ese truco salvó la tarde.

Luis David Adame, como siempre cumplidor y tenaz, tuvo el peor lote de los toros de La Estancia, con los que no pudo sentirse cómodo. El primer toro carecía de transmisión, de recorrido y no embestía, con lo cual complicaba sobremanera la faena. Un quite por zapopinas fue lo único que lució, y a medias. Su segundo toro era de arranque incierto, impidiendo al torero acomodarse y templar. Caía la tarde y caía el toro, sin merecimiento alguno. Ya habrá mejor suerte.

Leo Valadez, a un toro protestado por su deficiente andar, le hizo un quite por chicuelinas, verónicas y revolera, de mucho sabor torero. Le puso las banderillas, pero con la muleta fue imposible torearlo debido a las malas condiciones del astado. El segundo fue mejor toro, y la faena también. Lo recibió de rodillas con larga cambiada, le hizo un quite por gaoneras y tafalleras, rematado con revolera de gran torería, y luego las zapopinas, terminando una de rodillas, para rematar con media verónica. Se iba calentando la noche, el toro se encelaba y galopaba alegremente presumiendo por el ruedo su trapío. Le puso también las banderillas. Con la muleta emocionó con los pases de pecho, pero de pronto el toro se fue desfondando hasta quedar casi parado. Se enfrió la faena y luego de tres pinchazos cantó el gallo ante el silencio del tendido.

Diego Ventura se llevó los premios con el truco del regalo. Con los dos primeros toros no pudo mostrar su torería, pues carecían de recorrido y de bravura, como dos distraídos pastueños. Así que el rejoneador regaló un toro, un toro bravo de San Isidro de las reservas de los corrales. Ese toro acometía y tenía fuerza, tanta que, al seguir los engaños con el movimiento del caballo, llegó con velocidad hasta el centro del ruedo y lo impactó a la altura de la grupa, derribándolo estrepitosamente y provocando un duro golpe del jinete al darse contra la arena.

Ventura se incorporó y, conocedor de que en esos momentos la solidaridad y el arte se hermanan para emocionar y arrancar los aplausos, sacó de su repertorio todo el arte del rejoneo, que tanto gusta a muchos. Entonces, el arte del caballo se mostró con todo género de suertes y bailes que encantaban al tendido. Surgió la música y el caballo antes vencido era un corcel que flotaba con ritmo, y toreaba ya sin rienda, porque su amo lo había liberado, y se andaba suelto, como si hubiera un lenguaje entre el toro y el caballo: el lenguaje del baile y el engaño, que cuando más amalgamados estaban y el toro no podía más, cedió su vida con el rejón de muerte. El juez, generosamente concedió las dos orejas, abriéndose la puerta grande para el portugués.

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