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Jueves, 19 de Septiembre 2019
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Los pasadizos secretos de ese otro país

Por: Martín Casillas de Alba

Los pasadizos secretos de ese otro país

Los pasadizos secretos de ese otro país

Invitado por Aurelio López Rocha, entonces Secretario de Turismo de Jalisco, para dar una conferencia a los participantes de la Convención Anual de la Sociedad Americana de Escritores de Turismo (SATW, por sus siglas en inglés), llegué el 9 de octubre del 2009 con mi discurso en inglés, habiéndoles advertido que mi pronunciación era medio charra.

La conferencia la programaron para que se diera en el patio principal del Hospicio Cabañas a las 19:00 horas. Cuando vi el desorden que había a esa hora, entre las guapas edecanes y los meseros que servían las Margaritas a todo lo que daba, me quedé frío. En medio del tintineo y el barullo que no amainaba, tuve que ponerme frente al micrófono -demasiado tarde para rajarme-, así que, a como dio lugar, empecé a desplegar mis mejores habilidades: me hizo falta una guitarra y saber cantar para haber podido aplacar la boruca.

El discurso lo estructuré alrededor de la propuesta que hizo Amos Oz cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en el 2006 que tituló: “La mujer de la ventana” en donde describe lo que nos puede pasar cuando viajamos a otro país, donde vemos las montañas, palacios, plazas, museos, algunos enclaves históricos y “si te sonríe la fortuna, a lo mejor tienes la oportunidad de conversar con alguno de sus habitantes antes de regresar a casa con un montón de fotografías.

“Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de ese otro país y de ese otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas. Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

“Entonces, no sólo observarás a la mujer que mira por la ventana, sino que estarás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza. Cuando lees una novela de otro país, entras en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños. Por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral, en donde la capacidad de imaginar al prójimo es una manera de inmunizarse contra el fanatismo”.

Lo había experimentado en carne propia en el 2005: antes de viajar a Grecia, había leído las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, así que, cuando estuve en Atenas, Delfos, Delos y Mykonos sentados en la terracita del Hotel Lefeteris, disfrutábamos del azul del Egeo y al origen de la cultura. Caminando entre sus calles abigarradas o en una iglesia ortodoxa, sabía que había entrado en ‘las penas secretas’ de ese pueblo.

Al principio de la conferencia les pregunté a los asistentes si antes de llegar a Guadalajara habían leído a Agustín Yañez, Juan José Arreola o Juan Rulfo. No alcancé a ver las caras de ‘What?’, pero creo que nadie sabía quiénes eran esos señores y menos, lo que proponía Amos Oz para poder conocer las alegrías familiares y los sueños de los tapatíos.

Al terminar, salí corriendo al aeropuerto para tomar el último vuelo a la Ciudad de México pensando que, por el desparpajo de los asistentes, la conferencia había resultado un fracaso.

Detrás de mi, alguien trataba de alcanzarme: “¡Senor, senor!” me gritaba una joven extendiendo su brazo con una nota de su block que leí una vez que estaba sentado en el avión: “Dear Senor: Thank you for your speech. I cannot Spanish, but wish to say ‘thank you’. Your words have art in them. This city has it too. Gracias, Gracias. I am from Toronto. Melanie”.

Después de leer esto, respiré hondo, esbocé una sonrisa y me dije: “Si sólo una persona como Melanie me escuchó, ¡bien valió la pena!”

(malba99@yahoo.com)

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