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Miércoles, 20 de Junio 2018

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Llegando y haciendo lumbre

Por: Paty Blue

Cuando el primer mes del nuevo año apenas lleva transcurridos poco más de la mitad de sus días, ya estoy dudando que mis propósitos emocionales y proyectos materiales sobrevivan de aquí a la primavera.

Si bien, en el primer rubro, me he empeñado en hacer valer las prerrogativas de mi edad, descargando sustancialmente la jornada laboral, y confiando en que la madurez me aporte renovados ímpetus que fortalezcan mi espíritu y serenen mi alebrestado talante, no veo cómo pueda procesar semejante reto en medio de un ambiente tan abusivamente cargado de retórica electorera y tan pletórico de mensajes cuya sustancia estriba en ensalzar al propio o denostar al contrincante, recurriendo a los mismos y pueriles argumentos que llevo escuchando desde que tuve noción de estas periódicas contiendas que desde sus tempranos escarceos invaden, atacan y avasallan el panorama visual y auditivo de cualquier ciudad.

Y, como si tal atropello masivo fuera insuficiente, los promotores gratuitos o asalariados de todos colores y facciones atascan rejas, cocheras, banquetas y manos de transeúntes con incontables volantes y panfletos que tardan más en llegar al dominio del potencial votante, que en alcanzar el basurero más próximo, sin haber sido leídos.

Nunca imaginé que llegaría a desear con tanta vehemencia que, en los cortes comerciales en radio y televisión, aparecieran los sonsonetes y anuncios de productos milagrosos para toda ocasión, sea doméstica, cosmética, higiénica, estética o alimenticia. Jamás pensé que días sobrevendrían en que extrañaría los repetitivos jingles ponderando las virtudes de un refresco, un dentífrico, un cereal, un celular, una fritanga o un detergente, o que anhelaría la recurrente aparición de personajes tan entrañables como Mamá Lucha o Julio Regalado promoviendo sus escandalosas ofertas.

Y eso que apenas comenzaron los prolegómenos de lo que, como ocurre en el box, antecede a la pelea estelar porque, entonces sí, en cuanto suene la campana para que los precandidatos cedan los reflectores al ungido, no habrá horizonte libre de espectaculares alusivos, ni poste incontaminado con banderolas de lo mismo. Y en sus vísperas, no habrá crucero que se salve de la presencia de nutridos enjambres de abanderados armando borlote para impulsar al “bueno”, ni comerciante de cualquier giro que no ostente su afiliación impresa en una camiseta, gorra o delantal y disponga en sus mesas los saleros, servilleteros y salseras con el color, nombre, logotipo y eslogan del candidato que, de ahí, saltará a las bolsas, cubetas y sombrillas de las doñas que circulan por todos los rumbos y luego a los cuadernos, plumas y mochilas de los estudiantes.

Si logro sobrevivir a tan rimbombante y ruinosa batahola de anuncios, monigotes, tonadillas y lemas chafas, espero hacerlo en el plano material porque, cuando apenas ha despuntado el año, además de comenzarlo en guarismos rojos por los adeudos de predial, agua, refrendo y licencia vencida, mi ilustrísima Brígida (como se llama mi vagoneta porque nunca me sustraje a la setentera costumbre de poner nombre a los vehículos) me ha asestado un severo revés monetario con sus demandas mecánicas. Ahora ella anda estrenando radiador, mangueras y bomba de agua, mientras mi bolsillo sufre una deshidratación terminal que espero concluya antes que el insufrible año electoral.

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