Jueves, 28 de Mayo 2020
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Lilia Prado

Por: Gerardo Salcedo Romero

Lilia Prado

Lilia Prado

Durante muchos años, cuando todavía no surgía la televisión por cable a nuestras vidas, la única manera de ver el cine mexicano clásico era en los horarios estelares del Canal 2 (Pedro Infante los sábados y Cantinflas los domingos) y el Canal 4. Desde los 80, a través del cable, surgieron algunos canales específicamente dedicados a trasmitir nuestro cine, su programación es bastante dispareja, pero en estos días es posible encontrar varias de las películas más representativas de una de nuestras actrices más icónicas: Lilia Prado.

Nacida un día como hoy, del año de 1928 en Sahuayo, Michoacán, llega al cine a los 19 años; después de algunos pequeños papeles es en 1948 cuando aparece su nombre por primera vez. Su belleza, capacidad para interpretar a personajes populares y habilidad para bailar los ritmos tropicales la proyectan de una manera decisiva. Es de las pocas actrices mexicanas que compite con esa espléndida generación de actrices cubanas que enriquecieron de una manera a nuestro cine: Ninón Sevilla, Tongolele, María Antonieta Pons entre otras.

El trágico fallecimiento de Blanca Estela Pavón en 1949, quien se había convertido en la prometida de Pedro Infante en “Nosotros los pobres”, le permite iniciar una nueva faceta y entrar al gran melodrama. También obtiene la atención de Luis Buñuel, con quien trabaja en dos de sus mejores comedias: “Subida al cielo” y “La ilusión viaja en tranvía”.

A partir de 1949 la de Sahuayo vive sus mejores años, en los que combina su deslumbrante erotismo, su habilidad para el baile y un instinto barriobajero que le permite trabajar en casi 50 películas en lo largo de esa década.

En estos momentos es posible ver en cable “Rumba caliente” (Gilberto Martínez Solares), donde enfrenta la vitalidad y capacidad para improvisar de Resortes, donde interpreta a una humilde vendedora de cigarros que se convierte en una famosa rumbera; “Las interesadas” (Rogelio A. González), donde alterna con Amalia Aguilar, Lilia del Valle y si bien su participación ocurre casi al final Antonio Aguilar tiene el cuarto crédito, en este caso la historia basa su humor sobre las volátiles características de la amistad femenina. Este pequeño ciclo, posible de ver en casa, culmina con “La vida no vale nada” (también de Rogelio González), donde atestiguamos las dimensiones de su colaboración con Pedro Infante, donde subvierte en muchos sentidos las limitadas dimensiones de la moral y las posibilidades transgresoras de lo femenino.

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