Domingo, 12 de Julio 2020
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La trilogía poética de Rocío Durán Barba

Por: Maya Navarro de Lemus

La trilogía poética de Rocío Durán Barba

La trilogía poética de Rocío Durán Barba

Comparte. Mina Arreguín durante su reciente participación en la FIL Guadalajara 2019.

SOGEM
Mina Arreguín.

“París bien vale una misa” diría, Enrique IV. “Mi vida entre el sueño y la realidad” la poeta inicia, con una imagen de la: “Ciudad Luz”. “Llegar a París es pasar la puerta del deslumbramiento. Sin explicación. Irrumpir en su piel eterna. Sus bordes-desbordes. Maquillados de alucinación…”. “Jamás olvidaré el día en que llegué a París/ En que la descubrí/ Lustrada-alargada-montada/Indescriptible/ Llena de oposiciones/Direcciones/Orientaciones/”. Ella misma indica en otra parte “Inasible”, adjetivo que comparto y describe la esencia de la urbe.
Rocío Durán-Barba, lleva consigo su propio mundo, entre los vapores que produce el recuerdo de los albores de su vida en el paralelo de latitud cero, en la mágica tierra que divide al mundo en dos mitades, el Ecuador, marcando su origen y que hace correr sangre criolla por sus venas.

Con la certeza del individuo que reconoce el barro con el que fue moldeado, nutrido con la misma humedad del campo, “Pachamama”, sus aromas, sabores y colores. “Jamás olvidaré el día en que llegué a París/ Llevando en mi alma mis flores silvestres/ En mis manos el nido del cóndor/ En mi piel… rodando el arcano del páramo andino/”.

Rocío lleva a la América Latina entrelazada con su propio “Quipu”, historia, recuerdo, lengua; con su abecedario teje palabras, sentimientos, vivencias. Hace el recuento de lo vivido, transporta en sí misma a los Andes… Caribe… Sudamérica, y, mezcla la vieja Europa.

Para noches heladas cuenta: Llevaba mi poncho/Hilado en un cráter/Tejido por duendes/ Teñido en las nubes…” trae su cultura, el verde del trópico, y recibe los ocres otoñales, el frío de sus ríos y el tañer de campanas, ah… ¡y el azul!, del cielo, mar, tinta y de nostalgia. París representa un sueño posible… Pero jamás sabré cómo me percibió/ Ni si me divisó en la masa/…/Tal vez hasta nos aceptamos/ Ella no era más fantasmal que yo/ Yo no era más enigmática que ella/ La ciudad era los otros/ Y al final era ninguno”.

Rocío mujer privilegiada, cultiva la escritura como oficio y vocación. Utiliza su lengua natal, el español y enriquecido por el francés, ha perseguido sus sueños sin detenerse nunca. Ha decidido estar allá y acá a través de la palabra. “En Ecuador/Todos nacemos en nubes con nubes/Todos tenemos ropaje de nube alma-nube” su “eterno retorno”. “En noches despiertas planeaba el regreso. Tomar el tranvía hacia la floración. Escapar. Sabía que tropezaría con el mundo andado. Irreconciliable. Con algún recuerdo. Con muchos ayeres… Pero deambulaba entre duda y duda. Bebiendo el paisaje. Instantes ajenos. Atada a raíces que me habían crecido. Al reflejo dulce de una vida hecha al ritmo del sueño y la realidad”.

Pintaba el olvido/ Tachaba el recuerdo/ Sombreaba el ayer/Tildaba el mañana/…/Proseguía el viaje/ delante del sueño tras la realidad”.

La distancia, viaje, retorno final, hechos poesía, quedan plasmados en el segundo libro de esta trilogía. El título mismo “Retornaré al adiós” alberga una esperanza tras la firme convicción de proseguir: “El día en que tomé el camino me convertí en distancia…”. Llevada por el viento propulsada sin descanso descubriendo mundos: “Múltiples lenguas me capturaron. Aprendí a traducir. Decir. Inventar. Callar. Leer libros en monosílabos. Pliegos encandilados. Frases altisonantes. Libros de agua y sol. Aprendí a traducir el trinar del viento. Lo etéreo. Inexplicable. El color del tiempo. El suspirar de la mariposa sobre un adiós. Aprendí a leer signos altisonantes. Alfabetos descomunales. Sílabas de silencio…” y la poeta prosigue, avanza, y huye cuando es necesario. Su cultura: “< > es mi refrán/ Viaja conmigo mi luz del alba/ mi lema < >”. La poesía de Rocío crece y se enriquece durante el trayecto, sabe que al final siempre estará la escritura, la imagen poética y el verbo reflexivo y provocador, con su ritmo y estilo personal y sabe también que la identidad y estigma del origen, acompañan la aventura y que el retorno mismo es parte de una impredecible certeza, que llegará cuando sea necesario “En las noches semilunares llegan los duendes de los Andes. Entonando mi rondador. Bailando con mis desvelos. Me ofrecen flores. Las más silvestres. Del Páramo algún puñado.

Uno de nieve. Otro de sol. Tozos de lluvia temblando tal como ayer. Es cuando se alza mi voz de nube. Reconozco mi desnudez. Y oigo el himno/ volver volver…”.

Y a quienes nos gusta la poesía, leeremos sus figuras poéticas, traspasando las nubes, en vuelo de cóndor, con la semilla del Ecuador. El tema del último libro de esta trilogía, la escritora reflexiona sobre las distancias, el tiempo, el inicio del viaje, del periplo de su propia vida: “Mi corazón nació para la distancia/ Un día se levantó/ La reconoció/ Se fue tras ella como embrujado”. En “Distancias” hay una introspección profunda, acerca del amor, soledad, silencio; en el trayecto construye la propia ontología, y la poesía le permite acceder a ella. “Esta distancia no tiene nada que ver con la perfección. Tampoco con la santidad. La perfección es ideal. La santidad un estado del alma…”. Rocío es provocadora, incita a nuestro pensamiento y nos muestra cómo la oración no es solamente un rezo. Nos muestra el complejo laberinto del alma humana, acompañada de su pluma, sus duendes y chamanes. “Distancias” es el crisol donde se aquilata la filosofía de la autora plasmada en esta trilogía. “…Creceré de otra manera. Me alimentaré de otros poemas. Me abandonaré a otros idiomas y valles. Mas seré el paisaje de todos mis amores…”.

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