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Domingo, 23 de Septiembre 2018

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La noche larga del Presidente

Por: Diego Petersen

La noche larga del Presidente

La noche larga del Presidente

El insomnio hace las noches más largas. Cuando te abandona el sueño el tiempo se detiene, se hace chicloso. Me gustaría decir que las manecillas del reloj se hacen viscosas, pero los relojes de manecillas ya no existen. Si eso es una noche de insomnio, imagínese lo que es para un Presidente la larga noche de la transición, esas horas de espera que comienzan con el momento en que sale a reconocer el triunfo de su opositor hasta el día que le entrega la banda presidencial, una noche de cinco meses en el que el tiempo se aletarga.

El Presidente lo sabe. En la casa de al lado hay fiesta. El ganador festeja y promete llevar a todos al país de nunca jamás. Sus amigos lo han abandonado. Él mismo reconoce las voces que salen por encima de la barda que divide al poder del no poder. Son los mismos, los bufones de sus fiestas de antaño, los que tantas veces lo lisonjearon a él ahora celebran todas las ocurrencias del nuevo. No hace tanto que él estaba ahí, en el lugar de quien no puede dormir porque está en la euforia del poder; ahora es la falta de poder lo que no le permite concretar sus sueños.

Es el último informe, el que estaba destinado a sintetizar el legado, pero, él lo sabe, no será sino el inicio del juicio público

En medio de esa larga noche de insomnio el Presidente tiene que seguir cumpliendo con tareas específicas, no solo las de acudir a ciertos actos, “los menos posibles, por favor”, insiste el Presidente a su secretario de agenda, “solo los estrictamente necesarios”. “Este es ineludible, señor Presidente, debe usted rendir el informe”. Es el último informe, el que estaba destinado a sintetizar el legado, pero, él lo sabe, no será sino el inicio del juicio público.

¿Quién quiere oír el informe del Presidente Peña Nieto? Nadie. ¿A quién le interesa la opinión del Presidente sobre los asuntos públicos? A nadie. Quiere gritar, señores soy el Presidente, pero nadie lo escucha, su voz ya no tiene fuerza. Se da cuenta de que su fuerza, esa que hacía que su voz tuviera eco en todo el país en realidad no era suya, era la fuerza del coro, de los que repetían y amplificaban su voz hasta llegar al último rincón de Chiapas o Baja California. Era la fuerza del poder.

¿Cuánto falta para que amanezca? Pregunta el Presidente y él mismo se tiene que responder porque ya no hay nadie que convierta sus dudas en investigación, ni sus ocurrencias en proyectos ejecutivos, ni sus deseos en órdenes. Faltan 105 días; dos mil 520 horas de oscuridad. Qué noche más larga, dice el Presidente.

(diego.petersen@informador.com.mx)

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