Sábado, 19 de Septiembre 2020
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La interpretación de la Historia

Por: Eugenio Ruiz Orozco

La interpretación de la Historia

La interpretación de la Historia

El principal propósito de la Historia es poner frente a nuestros ojos y conciencia, acontecimientos del pasado cuya importancia nos obliga a reconocerlos como origen y referente del presente. Es muy importante analizarlos con objetividad, al margen de prejuicios o dogmatismos, como lo que son: antecedentes, hechos pretéritos sobre los que se construyó la realidad. La Historia no trata ni interpreta los sucesos del día: revisa el pasado y es muy importante entenderlo así, para no repetir los errores cometidos. Deberíamos hacerlo imparcialmente, con frialdad de neurocirujano, pero sucede, con más frecuencia de lo deseable, que lejos de reflexionarlos en su contexto original de tiempo y lugar, hacemos una crítica superficial, poco profunda, influenciados por las versiones aprendidas en el entorno familiar, social o en la escuela.

El comentario viene a cuento porque tenemos una tendencia a juzgar los acontecimientos tomando posiciones, elogiando o satanizando hechos, personas y eventos que desconocemos suficientemente. Debemos cambiar. En otros países, donde las guerras fueron largas y cruentas, una vez resueltas, dejaron atrás sus conflictos y caminaron juntos hacia el porvenir. En EUA, después de la Guerra de Secesión, con el triunfo de los federalistas, se pusieron a trabajar y construyeron la nación más poderosa del mundo, y ¿qué decir de Europa, que vivió cientos de años en medio de conflictos bélicos, -entre ellos dos guerras mundiales- y logró construir la Unión de Estados Europeos? En cambio, entre nosotros heredamos filias y fobias. Si los mexicanos de siglo XIX hubiesen resuelto civilizadamente sus contradicciones, el México de hoy sería, seguramente, una nación no solo próspera, también justa. No es así.

Compartimos visiones distorsionadas de la misma Historia. Seguimos juzgando el pasado como si fuese el presente; inmediatamente tomamos partido, continuamos riñendo indígenas, mestizos y españoles, pobres contra ricos, explotadores contra explotados, chilangos contra provincianos, etc.

Tenemos todo un catálogo de santos y de villanos. Inicialmente, los malos fueron los mexicas, quienes tenían el pie puesto a los tlaxcaltecas. Luego, los conquistadores españoles. Después luchan peninsulares contra criollos y mestizos, en seguida insurgentes contra realistas; los primeros se convirtieron en liberales y los segundos en conservadores. Posteriormente, científicos contra liberales. Se viene “la bola” y en ese amasijo, unos son revolucionarios y otros contrarrevolucionarios. México se estabiliza. Se crea el PNR, luego PRM y finalmente el PRI; la Revolución se institucionaliza setenta años, unos son revolucionarios y los otros reaccionarios, y así siguen las cosas hasta que hoy somos chairos o fifís.

Las dos historias, tanto la oficial como la no oficial, le echan agüita a su molino, argumentando ideas sesgadas de los acontecimientos y dejando de lado las cosas valiosas que nos unen. Ambas tienen a sus héroes y a sus antihéroes: Cortés frente a Cuauhtémoc, Hidalgo vs. Iturbide, Juárez contra la Iglesia. Don Andrés Henestrosa, un viejo sabio zapoteca, decía: “México será distinto el día que dejen de reñir nuestros abuelos”. ¿No se estará llegando el momento de aceptar que solo juntos seremos capaces de construir el futuro?

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