Sábado, 10 de Diciembre 2022

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Justicia social para lograr la independencia

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Justicia social para lograr la independencia

Justicia social para lograr la independencia

El próximo 21 de septiembre se cumplirán 201 años de la consumación de la Independencia. Desde entonces, han sucedido muchos acontecimientos: tres revoluciones, dos guerras mundiales e innumerables crisis económicas, políticas y sociales. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, las colonias -la Nueva España entre ellas-, luchaban por ser independientes. Las élites locales suponían que separándose de las metrópolis lograrían la ansiada libertad. Se pensaba que la capacidad de autodeterminación era consubstancial a la independencia, que el desarrollo llegaría solo y que la felicidad se encontraba en acceder a ese espacio idealizado en el que reinarían la justicia, la equidad y la armonía.

Ilusos. Qué lejos estaban de la realidad. La independencia de las colonias se promovió y financió por los países más poderosos, que disputaban el control de las rutas comerciales, los mercados y los territorios coloniales liberados. “América para los americanos,” dijo James Monroe, autor de la doctrina que lleva su nombre y ¡oh paradoja!, resulta que los “americanos” hablaban inglés y lo siguen hablando. El propósito de mantener bajo su dominio a las naciones emergentes prevaleció en los centros de poder real y nosotros, confundidos por nuestras ilusiones y complejos, nos enfrascamos en luchas fratricidas alentadas desde el exterior. Fuimos incapaces de acordar los términos sobre los que se desarrollarían nuestras instituciones y nos limitamos a copiar los documentos fundamentales de los países dominantes. Carentes de la civilidad necesaria, nos dedicamos a descalificar a los otros, a los que pensaban diferente. Como resultado, se vivieron largos años de inestabilidad e incertidumbre.

Han transcurrido más de doscientos años. El mundo es el mismo y, sin embargo, es diferente. Muchos paisanos ignoran cómo se fue construyendo nuestra nación, e incluso, desestiman el pasado. Los apremios de la vida moderna dificultan el conocimiento de la ruta seguida para llegar a donde estamos. La realidad evidencia diferencias notables entre los mexicanos de ayer y de hoy. Los comportamientos personales y colectivos han sido influidos por la omnipresencia de la tecnología, la proximidad de lo distante, la movilidad de personas, bienes y servicios, del mismo modo que su producción y distribución. Y ¿qué decir de la modificación de nuestros hábitos de consumo inducidos por el comercio?, el gran motor de las transformaciones sociológicas y culturales de la humanidad. Hoy, los valores prevalecientes hace no muchos años han sido substituidos o están en proceso de modificarse; ejemplos de ello son el nuevo rol de las mujeres, las diferentes formas de entender la sexualidad y el respeto a la diversidad. Todo ello obliga a repensar hacia dónde vamos en un mundo que navega a velocidad de vértigo, en el que la independencia, al margen de la mejora de las condiciones de vida de las grandes mayorías, es inexistente.

Valdría la pena que, a tan sólo dos siglos de vida independiente, le dedicáramos unos minutos a pensar cómo lograr que todos los mexicanos tengamos acceso a los bienes materiales y culturales propios de las naciones desarrolladas. Ahí está la verdadera independencia.

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