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Viernes, 22 de Junio 2018

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Hasta la vista, babies

Por: Antonio Ortuño

Hasta la vista, babies

Hasta la vista, babies

Es de dominio público (creo que he incluido acá tres o cuatro quejas al respecto) mi guerra personal contra los administradores, contadores, similares y conexos que se encargan de los pagos a los free lance. Quizá ellos lo nieguen (aunque temo que no, no lo hacen, sino que se enorgullecen) pero estoy convencido, y cuento con abundantes pruebas personales y testimonios de compañeros de desdicha en ese sentido, de que una buena mayoría de ellos están convencidos de que su trabajo consiste en no pagar. Ni un quinto. Ni un clavo. ¿Que sus jefes o colegas contrataron los servicios de un free lance y que gracias a ello salieron de un atolladero? ¿Que se comprometieron a un pago ágil a cambio de un trabajo que se solicitó con presiones, deadlines y exigencias nada sencillas? Ah, pues muy su problema. Llega el administrador (o contador o lo que sea) y decide que no, que no le bastan con los requisitos fiscales en orden (un recibo o factura en regla) sino que se va a inventar toda una serie de enloquecidos pasos más. ¿Para qué? Pues me parece que para ver quién se desalienta y desiste de cobrar. Porque no hay otra explicación.

Si al que se le adeuda dinero es a un proveedor externo y es él quien corre, una vez hecho el trabajo, el único riesgo, que es el de no cobrar, ¿para qué se le piden documentos probatorios? Saldos bancarios, acta de nacimiento, credencial de elector (o pasaporte), comprobante de domicilio actualizado… Caray: pero si la empresa es la que adeuda. ¿Como por qué resultaría que un proveedor que está a mano con Hacienda (y que por ello está facultado para emitir comprobantes electrónicos) ha fingido su identidad? ¿Con qué fin necesitan su comprobante de domicilio? ¿Para que no se esconda a la hora que vayan a enviar a pagarle lo que le deben?

Otros están tan locos que le exigen al trabajador free lance que envíe una carta (que debe ser firmada con tinta azul o negra, según los apetitos momentáneos del orate) en la que le informen a su cliente que le quieren cobrar. Si la carta no es presentada físicamente (es decir, llevada de propia mano o enviada por paquetería, porque el correo no sirve para nada), pues no hay pago. Así, como reyes.

Ya que el SAT se complace tanto en cambiar sus sistemas y requisitos cada pocos meses, podría aprovechar para emitir reglamentos federales de pago que eviten esas ocurrencias y otras más (como que los deudores decidan, por sus patas, cosas como “solo pago entre el día 29 y el día 30, con recibos emitidos antes de las 11 am, porque sí). Que se unifiquen los criterios y se eviten paqueterías, requisitos absurdos y, sobre todo, el cinismo empresarial que campea en nuestros terrenos.

Dicho esto, aprovecho para rendir acá un homenaje a Abel García, el hombre encargado de tramitar los pagos a los colaboradores de EL INFORMADOR. En seis años de trabajo para este diario no me ha pedido un solo requisito absurdo, ha respondido a la brevedad cada uno de mis correos, mensajes y llamadas, y ha llegado a extremos heroicos de solidaridad, compañerismo y orgullo profesional para garantizar mis pagos. Un diciembre, hace ya años, Abel movió a la mitad de la FIL y me sacó de una entrevista para recordarme que quedaban algo así como quince minutos para que enviara mi recibo y garantizara recibir mi pago antes de Navidad. Y nunca se lo dije, pero salvó mi cena y los regalos de mis hijas.

Solo tengo gratitud para él y para EL INFORMADOR. Esta es la última entrega de “Estas ruinas”, porque me dedicaré a otros proyectos. Y me parece que es importante dejar constancia acá de mi gratitud para esta casa editorial y para gente como Abel, que nos salva el día a los demás.

Mi reverencia.

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