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Sábado, 16 de Febrero 2019
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Guadalajara: vivir a la merced de un francotirador

Por: Juan Palomar

Guadalajara: vivir a la merced de un francotirador

Guadalajara: vivir a la merced de un francotirador

Es en Beirut, Líbano, una experiencia absolutamente sobrecogedora. Se llama la Casa Beirut y es una bonita finca ecléctica que debió ser construida por 1920. Tuvo esta casa la desventura de estar situada exactamente en la frontera de los bandos en combate que casi se han acabado la ciudad. En estos tiempos de relativa paz los beirutenses se han puesto de acuerdo para convertir los restos descuartizados a balazos de la edificación en un museo y un memorial. Los despojos de la arquitectura destrozada son muy elocuentes.

En esa frontera residían permanentemente, del otro lado de la línea, una serie de francotiradores que logró asesinar a docenas de inocentes, algunos dentro de la misma casa Beirut. El sacrificio duró por años. Era el puro horror.

Pues ese horror ya llegó a Guadalajara. Hace unos días, en la banqueta de un nuevo edificio situado en López Cotilla y Atenas patinaban con sus escatos unos muchachos canadienses. Todo iba bien, a nadie molestaban. Hasta que desde una ventana del edificio un energúmeno les gritó que estaban “haciendo mucho ruido”. Los canadienses, que no hablaban español, no entendieron nada y siguieron en su derecho, en lo suyo. El energúmeno procedió entonces a esgrimir un rifle y a balacear a los muchachos. Uno de ellos se debate -ojalá la haya librado- entre la vida y la muerte. El energúmeno, afortunadamente, está en la cárcel, en donde cabe esperar que dure mucho.

¿Qué hay detrás de esta tragedia? La estricta intolerancia. La total falta de respeto por el prójimo; la polarización social que tanto parece gustarle al nuevo régimen; el clima de ley de la selva que propicia la indefensión social y la exasperación ante la falta de orden urbano y cívico; la insolidaridad de tanta gente; la candorosa y estremecedora confianza en la paz urbana de unos muchachos canadienses… y súmele el lector.

¿Qué hacer para evitar este auténtico escándalo, para lavar este baldón estatal, nacional e internacional sobre Guadalajara? No mucho: ya es irremediable. No sería malo, de entrada, despistolizar a todos los imbéciles posibles. Que el alcalde de Guadalajara tomara cartas directas en el asunto y ordenara una amplia investigación. Que ese mismo señor ordenara la realización de foros y seminarios para evitar la polarización urbana y fomentar la pacífica convivencia citadina. Que los vecinos de todos los edificios prohibieran el acceso a ellos de cualquier arma de fuego, no digamos de cualquier psicópata como el del caso. Y etcétera.

La Colonia Americana debiera estar muerta de la vergüenza. Es el primer y muy metafórico caso de lo que los cursis bienpensantes llaman la “gentrificación”. Nomás que en este caso la “gentrificación” fue efectuada sangrientamente por un simio con rifle y con voz y voto en su inmueble. Y contra ningún pobre.

Vivan los escatos canadienses: el ruido de sus patinetas es muy parecido al de la paz vecinal. Ojalá que el muchacho balaceado se recupere totalmente y vuelva a patinar, exactamente, sobre la misma banqueta donde fue abatido. Esto nos faltaba, chingada madre.

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