Miércoles, 01 de Diciembre 2021

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En la muerte de un grande de la arquitectura mexicana: Hugo González Jiménez

Por: Juan Palomar

En la muerte de un grande de la arquitectura mexicana: Hugo González Jiménez

En la muerte de un grande de la arquitectura mexicana: Hugo González Jiménez

Voló por última vez hace unos cuantos días. Él, tan sensato e inteligente, tan valiente, aguantador, talentoso: se nos murió pues. Es difícil resignarnos.

Hugo nació en Guadalajara en 1957. Era de cepa alteña, sin duda. Estudió en el Colegio Cervantes sus iniciales trayectos. Se inscribió en la Escuela de Arquitectura del Iteso hacia 1975 y se graduó con honores en 1980. Fue un alumno reflexivo, serio, brillante y solidario. Siempre se destacó por su tranquila apostura, su humor en sordina, sus dibujos y sus partidos arquitectónicos originales y sólidos. Alberto Kalach le puso el cariñoso mote de “Mario Botta”, por su gran parecido físico con el gran arquitecto suizo.

Egresando de la Escuela fundó uno de los despachos claves en la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX en Jalisco, tal vez en México. Junto con los arquitectos egresados de la UAG María Emilia Orendáin Martínez Gallardo y Enrique Toussaint Ochoa comenzó a producir una serie de tempranas obras deslumbrantes. Por allí quedan muchas.

Luego, ya en solitario, siguió adelante por cuarenta años. Fue miembro fundador y primer tesorero de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán, en donde se le extrañó y extrañará de manera aguda e irremediable.

Fue también un maestro de excepción en la Escuela de Arquitectura del Iteso junto con una pléyade de jóvenes profesores: Carlos Petersen, Sergio Ortiz, Bricio Fernández, Adolfo Hernández, Emilia Orendáin, Enrique Toussaint, Jorge Tejeda, a ratos Alberto Kalach, y varios otros. Desde allí, y como parte de este grupo logró el redescubrimiento, la resurrección, invención, enunciación, articulación y rescate de la Escuela Tapatía de Arquitectura (1926-1936), de la que formaron parte dos generaciones atrás Luis Barragán, Pedro Castellanos, Rafael Urzúa, Juan Palomar y Arias, Ignacio Díaz Morales, Enrique González Madrid y varios más.

Hugo era quizás el mejor arquitecto de todos los mencionados. Mucho más intenso y profundo, más inteligente y elegante en sus soluciones, más rigurosamente gozoso.

Padeció quebrantos de salud por largos años. Los aguantó con valentía y coraje. Fundó una familia ejemplar con Delia, su maravillosa mujer, y sus hijas. Vivió por décadas en una casa proyectada por su gran amigo Sergio Ortiz. Allí se levantó por última vez para ir a morirse.

Sin duda, agnóstico que fue, y por lo tanto también abierto a la posibilidad divina, ya estará en el cielo de los hombres buenos, de los arquitectos extraordinarios, de los maridos, padres, suegros, hermanos y amigos ejemplares. Los caminos del Señor son inescrutables.

Lloremos a Hugo y hagámosle el mejor homenaje: seguir su huella y procurar siempre una ciudad más bella, más solidaria y más justa. Hacer una arquitectura bellísima y cristalina como la que Hugo supo hacer. Su última obra fue una casa que ya es una leyenda: la Casa Leaño Padilla, de una potencia y un refinamiento casi inigualados entre nosotros. Se dice que dibujó, para su postrera obra, más de mil planos a mano.

En una última conversación, con Bricio Fernández y quien esto escribe, no hace mucho en el café jardín de Los Arrayanes de la Casa Farah, expresó todavía su incertidumbre, su angustia de creador ejemplar: no estaba aún convencido de la solución que encontraba para el oratorio de la casa, que es de planta circular.

Cuando esa capilla sea consagrada, es de pedirse con lealtad la presencia de una perpetua veladora en memoria y homenaje, en lamento y gozo, por la vida y la obra del ya inolvidable, de la ya leyenda tapatía y mexicana: Hugo Alejandro González Jiménez.

Laus Deo, Requiescat in pacem.

jpalomar@informador.com.mx

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