Martes, 11 de Mayo 2021

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En el pesebre

Por: Armando González Escoto

En el pesebre

En el pesebre

Es admirable que en la elaboración de un “nacimiento”, la mayoría de las veces sin darnos cuenta, entremos en comunión simbólica con toda la naturaleza.

En un “nacimiento” participa el cielo y la tierra, también el cosmos con sus estrellas y cometas, el agua de ríos, fuentes y pozos, el verdor del suelo figurado con lama y heno, árboles y palmeras de artificio, la arena del desierto, las rocas y las montañas, todo un marco donde figuran pastores y reyes, pero también artesanos, comerciantes, beduinos y vecinos junto con toda clase de animales del cielo, del agua y de la tierra, seres todos de este mundo acompañados por ángeles, no en lucha o combate sino en una peculiar armonía, atraídos todos hacia un punto focal que explica esta versión idílica de la vida y del universo, la expresión plástica más elocuente del mesianismo cumplido, los tiempos nuevos en que los hombres ya no se adiestrarán para la guerra, sino que harán arados de sus espadas, conviviendo el niño y el cordero con bestias que eran salvajes.

En los “nacimientos” toda esta escenografía de tanto significado se orienta sin embargo hacia un pesebre, no a un palacio, a un castillo, a un cuartel fortificado, ni siquiera a una casa o a una buena posada, sino a un establo, donde una mujer de clase sencilla da a luz en circunstancias limitadas, mientras el marido contempla el prodigio de una nueva vida inmersa en el misterio.

La noticia del nacimiento de Cristo es comunicada por la voz de los ángeles o el signo de la estrella, pero solamente a la gente de buena voluntad, que es la que dejándolo todo acude al pesebre. Quienes se dejan llevar por otro tipo de voluntades se enteran por accidente, ya cuando el acontecimiento fundamental ha ocurrido, aun así, lejos de abrirse al misterio buscarán constantemente la manera de combatirlo.

También los “nacimientos” convocan todos los materiales imaginables, desde las primeras representaciones que se hicieron en cantera, sobre sarcófagos ocultos en las catacumbas, hasta las más finas y valiosas obras de arte que echaron mano de la plata, del oro y de las piedras preciosas, y entre la cantera y el metal toda la gama de materiales susceptibles de representar el acontecimiento a lo largo de veinte siglos.

El mensaje permanece, es universal y compartido por todas las grandes religiones del mundo, la vocación de todo ser viviente a la armonía y a la reconciliación, a la solidaridad incluyente, a la superación de la ceguera que nos hace vivir siempre en conflicto por todo tipo de razones y sin razones.

Este mensaje del pesebre adquiere hoy un peculiar significado al hacerse eco y portavoz de la preocupación por el planeta, por la tierra y sus recursos, por la vida de la naturaleza en todas sus formas, asunto en el que los cristianos deben sentirse como los primeros comprometidos, toda vez que la fe cristiana es la fe en un Creador que renueva el universo por obra de su Hijo, y nos hace a todos, parte en el compromiso por cuidar y conservar este maravilloso don recibido.

armando.gon@univa.mx

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