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Martes, 21 de Agosto 2018

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Elegir lo peor

Por: Antonio Ortuño

Elegir lo peor

Elegir lo peor

Adela Micha quizá no sea una de las grandes figuras del periodismo nacional pero tuvo ocasión, al menos, de mostrar al aire, en alguna oportunidad, un par de vicios indudablemente muy mexicanos. Al justificar el tropiezo del entonces candidato presidencial (y luego, ay, mandatario) Enrique Peña Nieto en la FIL de Guadalajara, aquel famoso episodio en el que Peña fue incapaz de mencionar los tres libros que más lo habían influido en la vida (recordemos que, además, le atribuyó a Enrique Krauze un libro de Carlos Fuentes, “ese del águila”), la periodista sostuvo que no era necesario ser un buen lector para ser un buen gobernante. Con esto no solo practicaba el viejo arte mediático de la genuflexión ante el poder (“Lo que usted haga está bien, señor candidato, cómo va a creer”) sino que mostraba crudamente la opinión de una importante cantidad de personas en este país. Es decir, que leer no sirve para nada, que es solamente una forma de dárselas de importante y echárselo en cara a los demás.  

Hay entre nosotros una capa social (que me temo que, en la clase media y alta, es mayoritaria, si creemos en las estadísticas y encuestas) que podría leer, porque tiene el tiempo y el dinero necesarios como para conseguir cualquier libro que le llegara a interesar, pero que no lo hace porque no le pega la gana. Pero como tampoco le gusta sentirse menospreciada, desde luego, desdeña la lectura y repite cosas como: “Nadie es mejor persona por leer” o “Mi abuelo era analfabeta pero tenía un corazón de oro”, que son tan ciertas como inútiles, porque no quieren decir nada. Por supuesto que nadie es mejor persona por leer y que una multitud de desgraciados y criminales han sido gente, en teoría, “leída”. Pero al lado de las cifras de criminalidad (y de desgraciadez, si las hubiera) de los analfabetos funcionales, me temo que palidecen. Y por supuesto que ha habido y hay mucha gente valiosa que no lee, ya sea porque nunca tuvo la oportunidad o porque no quiso. Pero inferir que la ignorancia (que tantos han padecido como una maldición) es un valor en sí mismo es algo que sólo se le puede ocurrir a alguien que se siente más allá de los perjuicios que la ignorancia provoca. Es decir, un ignorante con dinero.  

Ya el escritor GK Chesterton observaba que, en su época (principios del siglo XX), la imagen popular de un ignorante era la de un trabajador o campesino, pero, desde su punto de vista, debería haber sido la de un caballero o dama de sociedad que no leía, es decir, la de alguien que había elegido el desconocimiento a sabiendas. Porque el pueblo llano, que no solía tener libros, sí que tenía memoria y una tradición de conocimientos, historias y canciones orales que saltaban de generación en generación. Pero en los palacetes no existía nada de eso, así que sin instrucción y lectura, esos “príncipes” no tenían nada.  

La ignorancia siempre es un mal. No la procuremos.

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