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Sábado, 18 de Agosto 2018

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El imposible regalo perfecto

Por: Sergio Oliveira

El imposible regalo perfecto

El imposible regalo perfecto

Un gran amigo, a quien conozco desde hace 20 años, me preguntó cuál sería el perfecto regalo que me gustaría recibir esta Navidad. Cualquiera que me conozca pensaría que la respuesta es una simple cuestión de contestar cuál es el auto que me gustaría encontrar bajo el árbol navideño. Y así pensé también, tanto que respondí de inmediato que lo mejor que podría esperar sería que mi marca favorita, Mercedes-Benz, me volviera a prestar autos como solía hacer durante mis primeros 10 años en este oficio de probar coches. Pero para mí, pensar en Mercedes-Benz es también recordar a mi padre, quien solía decir que ellos hacían los mejores automóviles del mundo. Y mi imaginación se puso a volar.

Desde hace algunos años, los especialistas en mercadotecnia han descubierto que para los que materialmente ya les queda muy poco que adquirir, lo mejor que les pueden ofrecer son experiencias, lo que de alguna manera contradice la afirmación de Frank Sinatra, quien dijo que en el juego de la vida el que termine con más juguetes, gana.

Como consecuencia, a los adinerados de hoy se les ofrece hoteles cada vez más exóticos; vuelos a lugares remotos; hazañas como saltar en paracaídas; nadar entre tiburones; conducir tractores, autobuses y, por supuesto, súper autos, incluyendo bólidos de Fórmula Uno. Claro, todo por precios que solo alguien con cuentas bancarias realmente robustas puede pagar.

Una sola vez, pero contigo

Dividido entre autos y experiencias, lo normal sería que me sintiera aún más confundido pero no fue así. Cuando consideré la alternativa, mi mente se aclaró. Sí, lo que pediría a Santa Claus sería manejar un Mercedes-Benz. Y son varios los modelos que me encantaría conducir, como el nuevo Clase S, renovado y exhibido en abril pasado en Shanghái, con su poder, lujo y serenidad absolutos. O el más reciente CLS, mostrado al público por primera vez en Los Ángeles hace tan sólo unas semanas, del que imagino el aplomo, la solidez y la sofisticación de su interior. También me pasó por la cabeza algo futurista como el AMG Vision Grand Turismo o el Project One, aún recién presentado en pasado salón de Frankfurt.

También me pondría contento con revivir la experiencia de tener en mis manos algunos autos que conduje en el pasado, como cuando estrené un SL 500 1999 y lo conduje de Santiago Tianguistenco, en el Estado de México, a Guadalajara. O el CLK 320 cupé con el que, junto con otro buen amigo, Eduardo Aragón, jugué a las carreras con una celebridad que por coincidencia conducía un auto absolutamente igual -hasta del mismo color- en la misma autopista.

Pero ya que andamos pidiendo cosas imposibles a entidades que no existen, lo que realmente quiero pedir, querido Santa, es que me otorgues la posibilidad de manejar durante un rato con mi querido padre, a quien no tengo el gusto de ver desde que dejó este mundo hace ya casi 50 años. Si lo haces, Santa, te prometo que vendo lo que tenga, trabajo con energías que tal vez ya no tenga con tal de hacer que él esté conmigo en un Mercedes-Benz. Cualquier Mercedes-Benz.

Sí, muchos dirán que no existe Santa Claus y tal vez tengan razón. Por eso prefiero aferrarme a la idea de que tal vez el más allá sí exista y que ahí pueda vivir esa experiencia que aquí ningún dinero podrá comprar, de dar una sola vuelta más contigo, Padre, aunque no sea en un Mercedes.

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