Jueves, 27 de Enero 2022

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El acoso sucede a diario

Por: Gabriela Aguilar

El acoso sucede a diario

El acoso sucede a diario

Una anécdota que escuché recientemente me regresó en el tiempo un poco más de dos décadas y recordé los sketches que en los años noventa hicieran popular al elenco del programa televisivo “Puro Loco”, en particular el personaje que interpretaba Juan Carlos Méndez y cuya interacción era “arrimarse” a otros personajes en una unidad de transporte: breves, insultantes y que el único objetivo era evidenciar cómo un acto de acoso sexual generaba carcajadas y que a mí todavía me produce rabia de sólo pensar que sucede a diario.

¿Quién podría considerar divertido que, a bordo del transporte púbico, un hombre restregara su humanidad en una mujer y ésta terminara con una sonrisa como si agradeciera la agresión? ¿Qué padre o madre de familia reiría con semejante contenido si la víctima fuera su hijo o hija? Porque los varones no están exentos. Nadie. Pero es así el día a día de muchas mujeres que salen a las calles, al trabajo o a la escuela y que ni en plena pandemia por COVID-19 dejaron de ser víctimas del acoso. 

Me gustaría pensar que una buena campaña frenaría las incidencias, que la reacción de las autoridades frente a las sanciones generarían un alto. Que el botón de pánico que sugiere el 48% de los pasajeros de acuerdo a los resultados de la Encuesta de Satisfacción de Usuarios del Transporte Público en el Área Metropolitana de Guadalajara fuera una realidad.

Hoy, a diferencia de los años noventa, el Estado cuenta con vehículos videovigilados y sistematizados en control de recaudación, pero todavía en ese pequeño universo en movimiento en el que todo sucede (comercio, show de talentos en vivo, apoyo social, delincuencia y acoso o abuso sexual) todavía no se cuenta con la posibilidad de que las cámaras estén conectadas al C5 o que las unidades activen un botón de emergencia. 

En algunos casos, en ese mismo universo comprimido, aparecen héroes para hacer justicia y el agresor sale envuelto en golpes por la puerta o es detenido y entregado por los usuarios; sin embargo, la mayoría de las veces es la indiferencia la que hace gala aun identificando el agravio y las mujeres guardan silencio ante la ofensa y bajan con la sensación de ser más vulnerables que cuando subieron. El miedo a una agresión mayor, involucrarse en “lo que no les toca” o no saber si el sujeto viaja armado reprime la reacción. 

La falta de denuncia incentiva la repetición. Cuando la agresión sucede en un vagón hermético, la probabilidad de denunciar y aprehender al responsable es mayor, pues al abrirse las puertas en la siguiente estación hay elementos de seguridad que podrían brindar apoyo, pero en los autobuses donde las paradas continuas son mayores y no se cuenta con vigilancia en cada alto las posibilidades se diluyen.

¿Será posible frenar este fenómeno algún día? Lo dudo. Lamento ser escéptica, porque la percepción de inseguridad seguirá hasta que las autoridades dejen de mirar de lado y asuman el acoso sexual como un problema grave, ése que sufre aproximadamente el 20% de las mujeres en el transporte y que genera un clima de inseguridad cada que salen a las calles.

puntociego@mail.com

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