Lunes, 27 de Septiembre 2021

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Divertimento veraniego

Por: Augusto Chacón

Divertimento veraniego

Divertimento veraniego

El teatro de la República, no el edificio de Querétaro en el que sesionó el Congreso Constituyente de 1917 y en el que año con año conmemoramos la promulgación del germen de la Carta Magna que poco se parece a la que nos rige actualmente, más bien el país como un teatro en el que los sucesivos gobiernos ocupan el escenario para montar la obra sexenal (entendido el gobierno como los tres Poderes, los organismos autónomos, el Ejército, etc., y sus émulos de estado en estado), en tanto que el pueblo es el destinatario al que el dramaturgo-director-protagonista del montaje (nunca mejor usado el término) ofrece una pieza nunca vista, siempre añorada y siempre fallida.

El lleno está garantizado porque en este espectáculo que acumulará, cada vez, dos mil 190 representaciones (más si tocan años bisiestos) la butaca que cada cual ocupa es origen y destino (salvo excepciones estadísticamente menores, como los migrantes que se escapan de la galería, hartos de no entender lo que dicen los actores y las ¿actoras?, o algunos que de los asientos de medio pelo logran colarse hacia las butacas caras). El caso es que de la tercera llamada (que en esta analogía se dice: sí, protesto) al telón final, el dramaturgo-director-protagonista lleva al público de la esperanza más intensa a la decepción y al enojo; todo salpicado, o más bien ennegrecido, con injusticias que quitan el aliento, crímenes de toda índole, jueces corruptos, vividores que ejercen la codicia a como dé lugar, dos o tres sucesos memorables que ofrecen un remanso a la atribulada y estresada concurrencia. Como en las tragedias griegas, en el argumento de la incesante obra subyace la caída del personaje que encarna y justifica al mito, con lo que, sin transición, se da pie a la siguiente puesta en escena: sí, protesto, y a recomenzar, todo nuevo y todo lo mismo. 

Una peculiaridad de este fenómeno teatral es que los programas de mano se actualizan cotidianamente y se entregan impresos, radiofónicos, televisivos y ahora, cómo no, por Internet; sin ellos, los asistentes se pierden en el caos de figurantes, caos no porque sean muchas y muchos, sino porque el que inició en el papel de, por ejemplo, el muchacho bueno o la muchacha que porta la luz que encandilará beatíficamente a todos, puede, en el primer acto, terminar en la cárcel, hundido por su pasado, aunque generalmente por su futuro, es decir: porque al dramaturgo se le puso que fuera defenestrado, y como cuando mentamos al dramaturgo implicamos presidente o gobernador con los sobreentendidos queda expresado todo; aunque, más bien todo lo callamos y que siga la función, al cabo cada día falta menos para termine (eso sí, el telón que marca el final es, ha sido hasta hoy, ineluctable).

Se ha incrementado la asiduidad con la que salen con innovaciones de vanguardia ultramarina; digamos, romper la “cuarta pared” (el muro imaginario que por acuerdo tácito crean los actores y el público para que cada uno se mantenga en su ámbito) y se pone bueno (mexicanismo que se explica con otro: ya valió). Los del escenario, desde el proscenio y desde el foro, pasan a la gradería para violentar derechos, libertades y a practicar exacciones de cualquier laya, teatro vivencial, la experiencia en piel viva, nomás. Pero también ocurre en sentido contrario, aunque apenas dos o tres veces por siglo: el pueblo, enardecido por la mediocridad de lo representado sube y cambia no sólo de actores y actrices, de personajes, redistribuye el decorado y, claro, jubila violentamente al dramaturgo-autor-protagonista (de paso se da un intercambio social: quienes estaban en la gayola pasan a las plateas y a los palcos, y viceversa).

En el teatro de la República que hoy nos contiene se produce una obra que aparenta rompimiento y no es más que un refrito con retoques de oropel; por ejemplo, el protagonista funge también como apuntador, dicta a los actores secundarios (y el resto lo es) lo que deben decir y cuando, otra muestra: el autor de este sexenio optó por poner a su personaje a perorar sus parlamentos de espaldas a los espectadores -cosa penada en la dramaturgia estándar- pero no únicamente eso: las líneas que recita parten del pasado y a él se dirigen, reniega del pretérito nefando pero nomás no puede alejarse de él (lo emocionante para los espectadores es que él cree que sí). Los primeros años fue interesante, el público estaba al borde del asiento, estiraba el cuello para, además de escucharlo, tratar de mirar la realidad que él solo, hacia el foro, atisbaba; la coreografía es magnífica, las Fuerzas Armadas aparecen a cada tanto por la derecha y por la izquierda, lo copan todo y de inmediato se vuelven a mirar lo que el protagonista observa, naturalmente de espaldas a la gente (salen). Es bonito pero inútil: el clac-clac de las armas que chocan, las botas contra la tarima, o sea, el suelo patrio, y detrás de las bambalinas los criminales que entran súbitamente y así, igual, hacen mutis en zigzag estético, mareador e impune.

No bien se alzó el telón, hace dos años y meses, muchas y muchos de entre la audiencia aplaudían los desplazamientos, cada palabra, y había los escépticos que propiciaron que en esta escenificación circulen programas de mano asimismo inusitados: no sólo describen las partes del drama y a sus personajes, anuncian, al modo de profecías bíblicas, el fin de los tiempos, el cese abrupto de una nación que siempre se preció de ser puro teatro.

Han disminuido los aplausos y las ovaciones. El personaje protagonista ha traicionado el guion que pergeñó, por estos días voltea a ver por sobre el hombro a la tribuna, empeñado en dar a saber que él no es caracterización del pasado, pero sin vestirse de otro porvenir que no sea él mismo. Ya no es representación teatral plena, es mera lectura de atril, sin cuarta, tercera, segunda o primera pared.

agustino20@gmail.com

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