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Martes, 11 de Diciembre 2018

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Disparos a los pejezombies

Por: Ivabelle Arroyo

Disparos a los pejezombies

Disparos a los pejezombies

Esta semana, Andrés Manuel López Obrador tuvo un intercambio de menosprecios con Jesús Silva Herzog Márquez y los argumentos son dignos del análisis que ya hicieron todos los colegas del círculo rojo y la escena intelectual.

El encono contra o desde los lopezobradoristas es preocupante, pero la discusión en los elevados círculos intelectuales se queda corta: lo que verdaderamente rompió las redes fue un videojuego en el que el objetivo es disparar a unos zombies antes de que alcancen una caja.

El problema es que el desarrollador tomó elementos del contexto electoral: los zombies se llaman pejezombies y la caja a la que quieren llegar ¡es una urna!

El mensaje es horroroso: matar al adversario, convertido en subhumano, antes de que contamine la voluntad popular. Y sale sangre, claro, pero el juego está clasificado como de violencia baja, porque en la dimensión de los gamers es normal degollar a los enemigos, atropellar a peatones con camionetas dentadas y, al pelear con guerreros, sacarles el esternón con la propia mano o ver cómo se desparrama su interior tras una cuchillada. Un horror.

Pero los videojuegos no son el diablo. Para empezar, hay toda otra gama: la llamada serious games y hay organismos pro videojuegos con investigaciones sólidas sobre el impacto de esta actividad en el desarrollo de los niños y en la promoción de la violencia. Institute of Play es uno de los más reconocidos.

Los videojuegos violentos, advierten los estudios, no vuelven violento a un niño porque no generan emociones negativas de odio hacia el objetivo a aniquilar

El desarrollador del juego de los pejezombies dice que no busca promover ataques, sino que la gente se relaje. Yo, que soy de otra generación, abro mucho los ojos, pero según los estudios de videojuegos, este hombre tiene razón. La operación cerebral en un juego violento no es: “Ahí viene un maldito que no debe existir porque es odioso y no quiero que acabe con mi país”. No. La operación cerebral es: “Dale a la izquierda, a la derecha. Más arriba, más rápido”. Y como es una operación mecánica porque es un juego muy simple (no tiene estrategia ni nuevas dimensiones), termina haciendo lo mismo que Candy Crush: la mente deja de pensar y hace operaciones entre la vista y la mano. Los videojuegos violentos, advierten los estudios, no vuelven violento a un niño porque no generan emociones negativas de odio hacia el objetivo a aniquilar.  La violencia la genera, no el videojuego, sino un entorno insalubre.

Lo que tenemos que cuidar, entonces, es la vida fuera de la consola. Un videojuego contra los peñabots, contra los pejezombies o contra Trump (“Trumpeando” tuvo más de cien mil descargas), no producirá un ambiente violento. Es de mal gusto, sí, y hay juegos más divertidos y relajantes. Pero no es el causante de nuestra división.

Lo que tenemos que hacer es recordar que, entre nuestros amigos, en nuestra familia y en nuestro trabajo hay lopezobradoristas, priistas, alfaristas, panistas, apáticos, dogmáticos, gente que le va al América y hasta a los Patriots. Teniendo eso en mente podremos elegir mejor los juegos que jugamos: tanto en un celular como en la vida pública.

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