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Sábado, 15 de Diciembre 2018

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Dime cómo me siento

Por: Antonio Ortuño

Dime cómo me siento

Dime cómo me siento

¿A usted le da frío solamente cuando está seguro de que no hay, en todo el Universo conocido, un clima más gélido que el que sus coyunturas lamentan? (casi valdría usar el “tooooodo” con el que engalanan sus encabezados algunos diarios pocos convencidos de las posibilidades expresivas de las palabras usuales, como si fueran editados por Mallarmé). Lo probable, porque la pregunta es retórica, es que no. Sin embargo, por estas fechas menudean los regaños, en la calle y las redes, para quien ose decir que tiene frío. “Uy, sí, mucho has de tener: en Siberia, allí sí que hace; esto es pura broma”. Esto lo dice alguien con muchas ganas de fregar, alguien que, sin embargo, alguna vez habrá tenido frío, que a fin de cuentas es una reacción física y no depende de las comparaciones climáticas ni de la medición de la escala de centígrados, sino de la sensación térmica personal. En el lomo y los pies, por ejemplo. Vaya: si uno es de tierra caliente, una ventolera puede arrebatarle un escalofrío, aunque esa misma ventolera le daría risa a un islandés habituado a vivir al pie de un glaciar. Es como asombrarse, como un palurdo, de que los turistas alemanes salgan en pantalones cortos a la calle, en Chiapas, aunque el cielo esté nublado: para la inmensa mayoría de ellos, nuestro clima es tropical y caluroso. ¿O usted percibe la realidad tal cual le dice Google?

¿Y qué me dice del hambre? ¿Solo le da si se asegura de que antes hayan comido todos los padecen desnutrición en el planeta? Le tengo malas noticias: el hambre es uno de los males más extendidos del mundo moderno. Si va a almorzar de mala gana pensando en las carencias de los demás, mejor métase de oenegero o misionero (los únicos, que se sepa, que hacen algo al respecto). Porque mascar de mala gana no arregla nada. Tampoco intentar que los demás se sientan culpables. ¿Y qué me dicende la sed? ¿El hecho de que millones de personas en el mundo no tengan acceso a agua fresca y limpia todos los días nos quita la necesidad de beber nosotros mismos? Me temo que no. Del mismo modo, el hecho incontrovertible de que millones y millones de personas a nuestro alrededor sufran una vida sexual nula o pésima no tiene por qué despojarnos de deseos. Quizá podrá apenarnos, si somos muy sensibles, pero saber su triste situación difícilmente nos conducirá a la abstinencia.

La empatía es un asunto muy mal entendido. No se trata de ponerse en los zapatos de los demás todo el tiempo y dejar de ser quienes somos para convertirnos en otro (eso es cosa de santos, francamente) sino de ser capaz de hacerlo cuando realmente importa. Al socorrer a quien lo requiere en el momento necesario, por ejemplo. O al tomar decisiones personales que afecten a mucha gente más allá de nosotros y nuestro círculo. Como, se me ocurre, al votar.

Una de las obsesiones de la vida contemporánea es la de decirles a los demás no solamente lo que deben pensar sino lo que deben sentir. A la vez que la vida política se enfanga, con líderes ahogados en escándalos de corrupción e infamados por la facilidad con que profieren salvajadas racistas, clasistas o de cualquier clase, la vida cotidiana se ve, cada día más, acosada por un puritanismo muy peculiar. Y no, no hablo de que no deban señalarse las miserias que nos rodean. Sino de que entendamos que el hecho de que alguien tenga frío, hambre o sed no depende de nuestra todopoderosa y estúpida opinión.

DR

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