Lunes, 20 de Enero 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Entra la noche como un caballo a buen trote. Apenas se anuncia el declinar de la luz y el jardín entero se aguarda. Solamente el jazmín prepara, caprichoso, alguna salva de su olor que devasta y fortifica. Pero nunca se sabrá cuándo el discreto prodigio habrá de suceder. Las sansevieras, fieles y recias, continúan tejiendo la vereda que lleva al patio de las inscripciones. Son como llamas, finísimas siluetas de un verde incomparable matizado por un cerco de oro. La pérgola, vista desde arriba, es un suntuoso tapete: la llamarada teje sus guirnaldas de júbilo, una delegación del jazmín prospera como en sordina, y el rosal distribuye sus refinadas guías en espera de su cercana amanecida.

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Los lagos perdidos persisten en la memoria del paisaje. Su huella finísima es a veces visible bajo una cierta luz, al terminar el día. Y del cerco de sus aguas desaparecidas se alcanza a oír un oleaje manso, un rumor de pájaros que vuelven. A veces ciertas gentes caminan sobre el lecho seco y polvoriento. Hay quien jura que a la distancia era posible ver, en los mirajes, ciudades y poblados de milagrería que sustentaban una realidad cierta, más vasta. En vano se han buscado indicios, antecedentes, huellas de esa civilización esplendorosa que deja en quien cree advertir su rastro una incurable nostalgia. Dicen que adentrándose en las lagunas extintas se ven, de repente, pasar las sombras de peces imposibles. Cuentan que desde los telescopios que flotan en el espacio ha habido veces en que la huella completa de los lagos se revela, emitiendo tenues reflejos como de plata.

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Dibujante y telaraña. Nunca está la autora de la tan atrevida arquitectura: sabe ir por sus asuntos con extremado sigilo. Busca sin duda los materiales de sus construcciones, hechas de sutil rigor y explosiva fantasía. Salva claros insospechados, y la perfección con  que resuelve sus detalles no tiene ningún parangón. La araña saca sus cálculos pacientemente, decide cuál nuevo frente de batalla acometer: saber la trayectoria de la presa, la posibilidad del ataque rápido, la protección para todo su ingenio de cualquier intromisión. Pasan los días y nadie sabe cómo la araña ha extendido su dominio. El feroz combate con el que las especies van transcurriendo sobre la tierra se cifra ahora en una tela de plata, apacible y mortífera, en un rincón que, asombrado, un dibujante mira.

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De la batea de las postales. Una: una muy liviana carreta se aleja. Su solitario conductor está hecho de la misma indefinible materia que el caballo que, muy flaco, avanza. El color de las arenas, cercano a lo dorado, se junta con el cielo que, a esa hora insólita, va albergando una nube. El toldo del carromato forma una parábola que tiene como remate un caserío cercano, geométrico e impreciso. La luz lo es todo, y como para subrayarlo, Dalí ha pintado en primer plano un ánfora en difícil equilibrio: y arroja una sombra lineal, imposible. O más bien el tiempo lo es todo: algo dice que la carreta siempre estará ahí, sin llegar a ninguna parte, suspendida en un instante imaginario que, aquí, se prolonga. Dos: torres en el desierto. Es Palmira. Una serie de torres puntúa las arenas que parecen no tener final. Las dunas viajeras han formado, por el momento, un suave manto sobre el que la línea de un camino reciente deja su trazo. De distintas alzadas, las torres levantan sus estaturas para ver más lejos. Todas miran hacia el mismo lado, como imantadas por una estrella ida. Desde lejos, se adivina su construcción como una necesaria emergencia del desierto: como los llamados que desde muy hondo la tierra hace. Y como los impulsos que el cielo caliginoso o impecable sabe atraer.

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La generación se reúne. El colegio, dicen, tiene los días contados. Sobrevivió hasta ahora a dos decenas largas de compañeros que ya han partido. Por ellos, y por los sobrevivientes, se celebra la misa en ese día. La fotografía va palideciendo con los años, las caras adoptan, quizá, su real expresión. Pero es posible ver, en el gesto de alguno, el instantáneo recuerdo de cierto día, de un lance en los juegos, de una salida ingeniosa ante algún maestro severo. Es así que, invisibles nomás para los que son mirados, toda una procesión de resurrecciones se suscita mientras el tequila cumple sus rituales. Los juegos de la memoria son inescrutables, pero de cada uno de los compañeros existe una huella que los demás, muchas veces sin saberlo, guardan. En el giro como se canta un verso, en el acorde que de repente sabe reunir las voces, son convocados antiguos sueños que, a través de los años, siguen ardiendo. Instituto de Ciencias, y un muro azul al remate del edificio, funcional y generoso. Sobre ese muro, el escudo del colegio, con un lema que para los muchachos de entonces nunca habrá de ser abolido: Viriliter Age.

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Sándor Márai estuvo en Tijuana. Un rato, algunos días, quién lo sabrá. Algo de su genio, sin duda, habrá allí quedado impreso, o flotando. Su poesía, recién descubierta, es intrincada, agria o dulce, sin duda poderosa. Una traducción de un fragmento de Credo (quia absurdum):

Creo en una sola creación, mi vida: esto lo creo.

Creo en una predestinación, mi propia predestinación: yo mismo.

Creo en un mundo y un hombre que se pertenecen.

Creo en la dolorosa maravilla de los poetas, en la sorpresa por la que fui creado y porque por la existencia fui admitido.

Creo en la gente, porque debo creerme a mí mismo entre ella.

Creo en la juventud, la dulce y dichosa canción sobre las aguas.

jpalomar@informador.com.mx

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