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Viernes, 22 de Noviembre 2019
Ideas |

Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Todavía no amanece y llueve mansamente. Zorba, poco rato después, establece especiosas negociaciones que incluyen el trato encantado con una damisela en cuyos ojos quedó prendado. Zorba el chico observa con admiración los procedimientos. Noventa años y tan combativo como siempre el viejo jardinero. Vivamos para eso, reflexiona, él a quien muchacha alguna se le escapa. La selva se espesó: es hora de las tijeras y el machete. Grandes hojas de la piñanona caen sin misericordia: no hay buen jardinero que sea sentimental. Después de la poda el jardín tiene otra respiración.

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Inés Somellera, maestra de yoga exquisita, eximia actriz con Bob Wilson, habitante de Indonesia, belleza absoluta. Quizás, sin embargo, su más alta actuación tuvo lugar adentro de un tanque de natación vacío y rodeado de velas, al lado de su también bellísima hermana Maite. Fue hace años y de cualquier manera las damiselas viven. Un silencio ceremonial y profundo guiaba los procedimientos: el yoga jugaba sus juegos solemnes e insoportablemente eróticos. En el límite de los procedimientos no se podía más que interrumpir los lentos movimientos y rendir honda pleitesía a la hermosura de las güeras que oficiaban esos misterios. En la alberca, flotaban peces de colores, sirenas, alucinaciones. Las aguas invisibles hacían fluir al deseo, las imposibles ganas de la posesión y la lejana gloria. Noche cerrada cuando terminaba la sesión. Las maestras cesaban su hipnosis, reían, quedaban indelebles en la memoria.

Inés Somellera acaba de montar una obra deslumbrante: se llama Xalisco, a place. El ánima de Juan Rulfo revolotea, trágica y entrañable. Una escenografía justa, elegantísima, un pabellón de madera y sueños, cuatro actores extraordinarios, con felinos movimientos, danzan, se mueven con extrema precisión. Una de las imágenes de fondo muestra un pasmoso rincón de las playas de Sayula. Suficiente para anclar toda la obra en el Jalisco más profundo, en el paisaje nutricio de donde emergió la potencia rulfiana, en la memoria colectiva que esa noche el personal pudo reconocer. La presencia de la vida y de la muerte tiene una escueta representación, que deja a los nervios de punta. Inés logra, a fuerza de oficio y disciplina, una lección de economía gestual, de elegante contención. La coreografía es impecable, la iluminación a la vez sobria y eficaz. Este espectáculo se podría presentar en cualquier lugar del mundo: transmite lo esencial. Y sin embargo es profundamente local, desentraña los misterios de Xalisco, un país paralelo e idéntico a la realidad intemporal que está plasmada en la obra. Susana Sanjuan flota en el aire enrarecido, Pedro Páramo esgrime su puñal de veneno y rencor, Fulgor Sedano  aguarda en una esquina. Magistral, memorable. Standing ovation para Inés Somellera y su troupe, que entregan así un Jalisco metafísico, envuelto en la claridad que nomás dan los sueños.

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De una escritora chapalteca cuyo nombre se ha  olvidado: “En la noche los gringos usan flashlights, los mexicanos saben a dónde van.”

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My Morning Jacket. La banda de Jim Jones, el descubrimiento de la temporada. Tardío reconocimiento, otra vez, de una bandota de una muy rara potencia, de una poética a la vez evidente y sutil. El oso que toca la batería es el dios tutelar. My Morning Jacket: como una destartalada carreta que prende fuego y vuelo. Un tambor tribal, elemental, unas guitarras justas, puntuales. La catadura de la banda semeja una partida de forajidos del sur profundo; flamea la melena de Jim Jones, acometen una extraordinaria canción: Teléfono se fue al poniente; un extraño y extraordinario himno al maligno dios de los celos.

¿Es que hay un doctor en la casa esta noche?
Si algo está equivocado
Él pudiera componerlo
¿Hay todavía un cerrojo en tu puerta?
¿Hay todavía un cerrojo en tu puerta de atrás?

Dime que estoy equivocado, dime que estoy en lo correcto
Dime que nadie más hay en el mundo
Dime que estoy mal
Dime que estoy bien
Dime que nadie más hay en el mundo.

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Las aguas del Mediterráneo fluyen, por el momento quietas. Caribdis y Escila por ahora están lejos, y la sirena muestra su clemencia que tan bien sabe convertirse en furia. Desde todo lo alto del acantilado ejerce su tranquilo poderío, habla por el teléfono, ríe compasiva. Parte de repente, nadie sabe hacia dónde. Ulises duda, apareja su barca, se hace a la mar. Instruye a sus compañeros, los vuelve sordos, se amarra al mástil. Y luego atraviesa las regiones donde halla a la sirena artera, que le canta. El sufrimiento y el deseo se vuelven insoportables y ordena a gestos a sus marineros que lo desamarren. Interperrita, la tripulación sigue con sus tareas, obedeciendo al mandato del de los muchos ingenios. Ulises, Odiseo, no quiere en ese rato más que morirse. Porque reconoce en la voz que canta la dicha que nunca habrá de alcanzar, el abismo de la gracia y la tan buscada serenidad, los acantilados del deseo, las barrancas del celo. Canta la sirena, habla por el teléfono, ríe con toda la inocencia de sus años. Algo dice de un invierno que será frío, de ignotas excursiones mar adentro, del tiempo que pasa diez veces siete. Corre el plazo para la sirena que no quiere saber envejecer. Pero sus manos nadadoras no saben mentir. La presencia de los pájaros poco hace para combatir los años, y algunas plumas vuelan inmisericordes. La sirena puede llorar un poco, siempre a solas, como quien se despide de una belleza que echó al mar un millar de barcos, tal el que Ulises y sus argonautas intentan llevar a buen puerto. Pero los lestrigones son implacables. Y en las playas de Ítaca no habrá nadie. Penélope, que también es la sirena, hace mucho que se cansó de esperar. El teléfono se fue al poniente, canta una tonada cantada por nadie.

jpalomar@informador.com.mx

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