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Jueves, 21 de Febrero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. El francotirador del barrio dejó una tristísima cicatriz de sangre canadiense en una esquina. Ya tarde, un vagabundo inspecciona la mejor manera de romper un aparador vacío. Mira de soslayo a quien lo encara; después decide tomar las cosas con calma y se sienta en las gradas de la banqueta retando con los ojos al imprudente. Se sigue el antiquísimo juego de ver quién es el primero en bajar la mirada. Pasan los minutos: quien no tiene nada que perder gana. El vagabundo, derrotado, toma su misérrimo hatillo y se aleja. Cada vez está más oscuro. Berlín es una isla con museos y un edificio de Álvaro Siza con un letrero grafiteado a la carrera: Bonjour tristesse. Mientras tanto, hace frío en Uzbekistán. El pájaro dorado, como en un ritual de faraón, hace sus abluciones matinales. Va por partes, y su método es más minucioso que la liturgia de una misa de tres padres. En realidad, el ave de oro es la contraparte siempre victoriosa: es el francotirador del cariño y la bienaventuranza. No hiere más que por su belleza, no deja más cicatriz que la de su canto. El jardín se pone de pie y presenta sus gentiles armas: llega el personal para la pastorela, llegan los amigos, algo más fatigados y más sabios, que nunca olvidaron estos lugares. El misterio antiguo, sobre las andas titubeantes, bendice al mundo.

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Develación de la lista del espectador. Puede ser hasta divertido. No van ciertos nombres que expresamente quieren ser omitidos. Uno, tal vez dos. Pero por esta única vez, hipócrita lector, si se pone cuidado en el formato del correo se descubrirá una -¿demasiado larga?- lista de nombres acumulados a través de los años. Vivos, muertos, desaparecidos, indiferentes, furibundos, olvidados o cariñosos o distraídos. Es una, ciertamente, única e irrepetible reunión en la marcha del universo. Capaz que algunos hasta se conocen entre sí; capaz que otros se enojarán por verse así expuestos pero, cobardes, nada dirán. Just another twist of fate.

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Y otra canción clave. Es de Pink Floyd, de 1969, del álbum que hizo la banda -ya sin Syd Barrett- para la película More, rodada en Ibiza. Existe en youtube una versión montada sobre imágenes hipnóticas de la película, con una mujer güera que enseña unos pechos inolvidables contra un muro todo blanco. La canción se llama Cimbalina. Es muy pacheca y reza algo como lo que sigue:
 
Cymbeline. Pink Floyd
 
La vereda que sigues se angosta
Y es libre la caída y es muy alta
El corro de los cuervos mira
Desde su cercana atalaya
Aumenta la angustia y sube
Como un tren por tu espina
Llegará al final el equilibrado
Rimará el último pareado
 
Y es más que la hora, Cimbalina
Es más que hora,
Despiértame te ruego
 
Mariposa de alas rotas
Cae a tu vera
Los cuervos se arriman
Ni un lugar para esconderte
Tu manager y tu agente
Están los dos ocupados en el teléfono
Vendiendo fotos a color
Para revistas lejanas
 
Y es más que la hora, Cimbalina
Es más que hora,
Despiértame te ruego
 
Las líneas convergen a tus pies
Deben haber movido la imagen
Se arremolinan las hojas a tu paso
Oyes el estruendo del tren
De repente se te ocurre
Que se están poniendo a tiro
Y que el Doctor Strange
siempre cambia de tamaño
 
Y es más que la hora, Cimbalina
Es más que hora,
Despiértame te ruego

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Con el agua al cuello: esa fue siempre la condición. Líneas y reglas y compases que bailaban una sarabanda interminable y gozosa en toda su angustia. Muchachas tocando el piano, emborronando los dibujos, destruyendo todo posible orden. Muchos años rodaron, más de algunos muros se irguieron. La escena sucede a la vera del ingenio en derrota, entre las aguas que desde la sierra del Tigre vienen fieles a llenar la alberca. Hasta el cuello, dicen los dos, y uno guiña el ojo. Niños cercanos que cuidar, mujeres que mantener contentas, un despacho siempre a pique, siempre victorioso luego. De haberlo entendido entonces, se hubiese adivinado que toda esta vida fue como la de ese inmenso caserón ruinoso y decadente en toda su arrasadora belleza. Ruedan luego los años, dice José Alfredo: Nada me ha enseñado la vida/ siempre caigo en los mismos errores. El caserón, la alberca, el ingenio en ruinas, la sierra del Tigre, los personajes: todo dura en este instante.

jpalomar@informador.com.mx

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