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Martes, 20 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Regreso del jardín. Por fin llegó. A las órdenes de Zorba y del gato la plétora vegetal, con todo y pájaros y gusanos desembarcó de su viaje a oriente. El guayabo fresa se declara un poco abollado, pero contento. Las sansevieras se declaran atónitas por haber encontrado unas bellísimas primas hermanas en ciertos parajes umbríos de Trípoli. Todos comentan sobre la increíble majestad de los cedros del Líbano, y de la gracia milenaria de los trágicos olivos. A punto estuvieron de convencer a un insólito tipo de jazmín de que se agregara al éxodo. Total, Zorba y el gato lograron poner orden en la banda y la vegetal excursión se acomodó a fuerza de ramazos en la clase premier del vuelo de Alitalia a Roma. Muchos integrantes insistían en hacer una larga escala en la ciudad eterna y así saludar a los cipreses del Foro Romano. Por una vez prevaleció la cordura, mientras las azoradas azafatas repartían vasijas etruscas con clara agua para la sed tan bien cultivada. El gato contempló muy largamente, por la ventanilla, el Atlántico en tinieblas: quién sabe qué vería, con sus ojos portentosos. Zorba no cesaba de ligarse a la azafata más bonita, y lo logró. Furtivamente la encerró en el baño, y salieron los dos con tremenda cara de felicidad, la azafata medio deschongada, Zorba interperrito. Será por eso que el viejo jardinero declaró llegando: “Aquello está medio misterioso, arquitecto.” Total, todos ahora en sus puestos, y la bugambilia manifiesta su felicidad con insólitas floraciones de un magenta absolutamente inédito.

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Hizo los mejores muebles que en este valle se han hecho, en asociación muy divertida con un señor que ya no está, Yves Palomar. En la biblioteca imaginaria, subsisten cuatro sillas escandinavas. Hacían unas lámparas geniales, de las que nomás quedó una que es un bloque de madera preciosa y un cono invertido dorado. Tocaba la guitarra como los ángeles. Decía una señora que ya no está que era guapo como un príncipe. Dibujaba con magistral mano liviana. Lo cierto es que era ferozmente, increíblemente inteligente, y el más simpático por mucho. Se llamaba Jorge de la Peña Lomelín. Lo que más se acerca al recuerdo es la cara levantina de un gitano de pelo muy negro, y largo. Ojos rasgados. (Cuando se empezó a usar el pelo largo decía, muy serio: “Yo no fui a la moda, la moda vino a mí”.) Su papá tenía un enorme ingenio en la hacienda de Amatitlán y lo mandó a estudiar ingeniería química a la Sorbona en 1946. La posguerra era despiadada, la vida dificilísima, el frío atroz. Contaba que se había puesto la piyama en octubre y se la había quitado en marzo. A su regreso, una vez obtenido su título, se instaló con señorial holgura en la hacienda paterna. Los días pasaban apacibles a la vera del estanque maravilloso de la casa. Hasta que su severo padre le espetó: “¿Cuándo te vas a poner a trabajar?” Without missing a beat, el heredero contesto: “Mira papá, tú me dijiste antes de irme a París que o estudiaba o trabajaba. Y ya estudié.” Mucho después tenía un coche rarísimo: un Versailles amarillo con blanco. Años después gastaba un majestuoso Buick verde. Prefirió siempre, con suprema elegancia, a la cigarra sobre la laboriosa hormiga. Y cantaba. Vivió en dos sucesivas casas por López Cotilla, con su gentilísima señora y sus hijos encantadores y entrañables.

Cuando se murió el señor que ya no está, primo e íntimo amigo de siempre, don Jorge de la Peña se acercó a un conocido, le dio un gran abrazo, y le dijo, estoico: “Esto ya se acabó.” El sobresaltado interlocutor atinó a reponer que no, que quedaba mucha vida por delante. “No –contestó- esto ya se acabó: se murió Yves.” Y luego, a los pocos meses, el príncipe gitano fue y se murió también. Tenía el duende más prodigioso de Guadalajara, era un gran señor. Amarcord.

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Esperando que amanezca. Noche oscura fue del alma, y U2 controlaba la situación, parece. Mucho ayudó, también, la Canción para la sirena, de Bryan Ferry, repetida obsesivamente.

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Beirut la desollada. Los enjarres están cosidos a balazos: los de los morteros se confunden con otros calibres, con las pedradas, con las dentelladas del odio innombrable y fratricida. Un clave: la siguiente canción de U2, encontrada, no por casualidad, al regreso.

Cedros del Líbano

Ayer me dormí y desperté en un montón de ropas sucias
Pasé la noche tratando de trazar la línea de la muerte
Anudando vidas complicadas en un solo titular
Tengo tu cara en una vieja polaroid
Ordenando la ropa y los juguetes de los niños
Me sonríes de vuelta y mientras tomé la foto del refrigerador
No me acuerdo lo que Emilia hizo
No he estado con una mujer, parece, durante años
Pensé en ti sin descanso, tus lágrimas de sal
Este mundo de mierda a veces produce una rosa
Su aroma perdura pero entonces simplemente se va

Regresa la llamada casa

Los peores de nosotros están muy lejos de la confesión
Los mejores son genios de la compresión
Dices que la verdad no vas a dejar sola
Aquí estoy porque no me quiero ir a casa
Un niño bebe el agua sucia en la ribera del río
Un soldado trae naranjas que se halló en un tanque de guerra
Esperando al mesero se toma su tiempo para venir
Viendo al sol declinando sobre Líbano

Regresa la llamada a casa

Ahora tengo la cabeza como un cigarro encendido
Nubes infieles se reflejan en un minarete
Tan arriba de mí, más altas que todo mundo
¿Dónde estás entre los cedros del Líbano?
Escoge con cuidado a tus enemigos, porque ellos habrán de definirte
Hazlos interesantes porque de algún modo te harán caso
No están aquí al principio sino cuando tu historia acaba
Van a durar contigo más que tus amigos

Canción compuesta por Eno, Daniel Lanois y la banda.

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Siguen las adivinanzas: ¿qué dice un naranjal completo y sus flores de azahar y de puro azar cuando llega al primer tequila, al humo y la hermandad?

jpalomar@informador.com.mx

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